La discusión abierta en Chile por la adhesión al denominado Escudo de las Américas merece algo más que una nueva división entre oficialismo y oposición. En juego hay una pregunta bastante más profunda: ¿cómo ejerce soberanía un país frente a amenazas que dejaron de respetar las fronteras nacionales?
Las aprensiones respecto de la autonomía de nuestra política exterior son legítimas. Chile ha construido durante décadas una política basada en el respeto al derecho internacional, la defensa de sus intereses y la capacidad de relacionarse con distintas potencias sin subordinaciones automáticas. Preservar ese patrimonio es importante, pero reconocer esa preocupación no significa necesariamente compartir la conclusión.
El crimen organizado que enfrenta América Latina tiene poco de nacional. Las organizaciones criminales desplazan personas, dinero, armas y drogas entre países; utilizan tecnologías, sistemas financieros y redes logísticas que difícilmente pueden ser enfrentadas actuando exclusivamente dentro de nuestras fronteras. Es ahí donde comienza la discusión sobre el Escudo de las Américas.
La cooperación internacional puede entregar información, tecnología y coordinación para enfrentar amenazas comunes. Nada de aquello vuelve irrelevante la soberanía. Al contrario: obliga a preguntarnos qué entendemos hoy por ella, considerando que un Estado también pierde capacidad soberana cuando carece de información, tecnología o coordinación suficiente para controlar lo que ocurre dentro de su propio territorio.
Por eso quizás estamos formulando mal la pregunta. El dilema no debería ser escoger entre Estados Unidos y la autonomía de Chile, sino establecer bajo qué condiciones nuestro país participa. Cooperar no puede significar obedecer y compartir información no puede significar entregar decisiones; pero defender nuestra autonomía tampoco debería significar renunciar a herramientas que puedan ser útiles para enfrentar amenazas que Chile difícilmente puede contener por sí solo.
La política exterior madura no consiste en elegir entre blanco y negro. Estados Unidos es un socio relevante en seguridad, inversión y cooperación. China, al mismo tiempo, es fundamental para nuestro comercio y nuestra inserción económica internacional. Europa y América Latina también son espacios indispensables para nuestros intereses. Relacionarnos con unos no debería exigir alejarnos de otros.
La autonomía consiste precisamente en eso: cooperar ampliamente y conservar siempre la capacidad de decidir de acuerdo con los intereses de Chile. Si el Escudo de las Américas respeta esos límites, corresponde evaluar sus resultados y exigir transparencia sobre sus alcances.
Porque quizás la soberanía del siglo XXI no se mide solamente por nuestra capacidad de decir que no; también se mide por nuestra capacidad de cooperar sin dejar de decidir.