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La falsa calma: marihuana, salud mental y la permisividad institucional en la universidad. Por Gregorio Calderón Riquelme, Terapeuta en Adicciones y Salud Mental y estudiante de Sociología

El programa de reciclaje orgánico desarrollado en Concón, con financiamiento de Enap y la participación de establecimientos gastronómicos y hoteleros…

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

Hace unas semanas conversaba con un joven que llevaba dos años postergando el avance de su carrera y suspendiendo semestres. No estaba reprobando por falta de capacidad, ni por problemas económicos graves. Fumaba marihuana casi todos los días, algo que él mismo describía como «para bajar la ansiedad antes de las pruebas». Nadie en su facultad le había preguntado nunca por eso.

Nadie se lo había cuestionado. Su consumo era, para el entorno universitario, parte del paisaje.

Llevo más de diez años trabajando en adicciones, en dispositivos ambulatorios, comunidades terapéuticas y programas de salud mental, y esa escena se repite con una regularidad que ya no me sorprende, aunque sigue preocupándome. Lo que sí ha cambiado es el contexto: hoy curso Sociología y puedo mirar el mismo problema desde otro ángulo, el de las instituciones que, con su silencio o su omisión, terminan normalizando una dinámica que requiere atención temprana.

Los datos del Tercer Estudio de Consumo de Drogas en Educación Superior de SENDA muestran matices relevantes. La prevalencia de consumo de marihuana en el último año descendió de un 31,6% en 2021 a un 23,0% en la medición más reciente, situándose el consumo del último mes en un 14,0%. Sin embargo, dentro de este último grupo, un 6,6% declara un consumo intensivo de diez o más días al mes. Este patrón representa una señal de alerta clínica: el consumo ocasional que se transforma, paulatinamente, en un mecanismo habitual de afrontamiento frente a las exigencias cotidianas.

«El consumo intensivo representa una señal de alerta clínica: un mecanismo de afrontamiento frente a las exigencias cotidianas que requiere una respuesta institucional oportuna.»

Ahí aparece una forma de permisividad institucional que rara vez se nombra. No hablo de medidas punitivas ni de mano dura, que no resuelven el problema subyacente y suelen empujar el consumo hacia la clandestinidad. Hablo de una ausencia estructural: facultades sin protocolos de detección temprana, servicios de bienestar estudiantil con capacidades sobrepasadas y un marco cultural que tiende a tratar el consumo de marihuana como un asunto secundario frente al estrés académico o las demandas económicas.

El cerebro humano continúa su proceso de maduración neuromadurativa hasta bien entrados los veinte años, especialmente en áreas vinculadas a la regulación emocional y la toma de decisiones. Lo que observo en la práctica clínica sugiere una vinculación entre el consumo frecuente en jóvenes y un incremento en cuadros ansioso-depresivos, desmotivación sintomática y, en personas con vulnerabilidad previa, la precipitación de episodios psicóticos.

Desde la experiencia clínica y el acompañamiento territorial, este cruce entre consumo de sustancias, salud mental y rendimiento académico se manifiesta con frecuencia en trayectorias de interrupción o abandono de estudios. Si bien la evidencia cualitativa no permite dimensionar cuantitativamente el fenómeno a escala nacional, plantea una interrogante ineludible que las instituciones de educación superior deberían investigar y sistematizar.

Cuando una interrupción de estudios se registra únicamente bajo categorías genéricas como «razones personales» o «bajo rendimiento», queda abierta la pregunta por los factores subyacentes que intervinieron y por las oportunidades de intervención preventiva que pudieron haberse perdido en el trayecto.

No escribo esto para estigmatizar, sino para señalar que tratar el consumo de sustancias como un mero asunto de convivencia estudiantil y no como una prioridad de salud pública e institucional genera vacíos de acompañamiento. La prevención efectiva trasciende el afiche informativo en el mesón de atención: requiere protocolos claros, capacitación continua a funcionarios y docentes que habitan el espacio universitario, y un compromiso activo con el bienestar integral de los estudiantes.

Valparaíso, como polo universitario que acoge a miles de jóvenes de distintas regiones, posee un rol estratégico en esta materia. Resulta indispensable abrir esta discusión con la rigurosidad técnica, institucional y humana que la comunidad universitaria merece

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