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Formar para pensar: profesionales reflexivos para un mundo que no se detiene. Por Paula Leiva Directora Escuela de Trabajo Social Universidad de Las Américas

En un escenario marcado por la complejidad social, la incertidumbre y la demanda por respuestas rápidas, emerge una pregunta ineludible para la educación superior¿estamos formando profesionales capaces no solo de actuar, sino también de pensar críticamente lo que hacen?

Una investigación doctoral reciente, desarrollada en Chile, aporta elementos relevantes para abordar esta interrogante. El estudio, centrado en las prácticas reflexivas en el ejercicio profesional, evidencia que la capacidad de reflexionar sobre la propia acción no solo mejora la calidad de las intervenciones, sino que también fortalece la toma de decisiones, la adaptación a contextos cambiantes y el compromiso ético en el desempeño laboral.

La reflexión permite a los profesionales comprender en mayor profundidad las situaciones que enfrentan, cuestionar sus decisiones y construir respuestas más pertinentes frente a problemas complejos. Sin embargo, la investigación también revela una tensión significativa: aunque la reflexión es ampliamente valorada, en la práctica, suele verse desplazada por la urgencia, la sobrecarga y la presión por resultados inmediatos.

Este hallazgo tiene implicancias directas en la formación profesional. Si aspiramos a aportar egresados capaces de incidir positivamente en el mundo laboral y contribuir al bienestar social, la reflexión no puede seguir siendo un aspecto secundario. Por el contrario, debe asumirse como una competencia central, incorporada de manera intencionada y transversal en los procesos formativos.

Formar profesionales reflexivos implica mucho más que transmitir conocimientos. Supone desarrollar en los estudiantes la capacidad de detenerse, analizar, cuestionar y aprender de su experiencia. Implica también promover herramientas como la escritura, la sistematización y el diálogo, que ayudan a transformar la práctica en conocimiento y fortalecer el pensamiento crítico.

Este escenario interpela directamente a las universidades. Su rol no puede limitarse a preparar para la ejecución eficiente de tareas, sino que debe orientarse a formar sujetos capaces de comprender la complejidad, tomar decisiones informadas y actuar con responsabilidad ética frente a las consecuencias de sus acciones.

En este sentido, es fundamental integrar de manera coherente la reflexión como eje estructurante. Esto supone diseñar experiencias formativas que articulen teoría y práctica, que incentiven el análisis crítico y que permitan a los estudiantes construir conocimiento desde su propia experiencia.

La relevancia de este enfoque trasciende cualquier disciplina. Profesionales de la salud, la educación, la ingeniería o las ciencias sociales, enfrentan hoy desafíos que no pueden resolverse únicamente con respuestas técnicas. Requieren juicio crítico, capacidad de análisis y un compromiso real con el bienestar colectivo.

Por ello, la universidad tiene una responsabilidad ineludible: formar profesionales íntegros, conscientes de su rol en la sociedad y comprometidos con su transformación. No se trata solo de preparar para el mundo del trabajo, sino de contribuir a la construcción de una sociedad más justa, reflexiva y humana.

En un mundo en constante cambio, la verdadera diferencia radica en la capacidad de pensar lo que se hace y aprender de ello. Y esa es, hoy más que nunca, una de las tareas esenciales de la educación superior.

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