A inicios de este siglo, Zygmunt Bauman acunó el concepto de «valores líquidos» describiendo que, en esta era posmoderna, certezas tradicionales como la familia, trabajo e identidad se vuelven inestables, estando influidos por el consumismo global y el sistema neoliberal. Siguiendo esta lógica, los valores ya no serían algo fijo y estándar, sino mutables, efímeros y adaptables al instante, en función de la contingencia y la necesidad. Esto lleva a Bauman a indicar que, en un mundo líquido, lo sólido tiende a derretirse, lo que permite aplicar esta metáfora a la educación: ¿se mantiene o se derrite?
La relación entre los valores líquidos y la educación es simbiótica ya que las aulas, generalmente concebidas como un escenario lleno de valores, conductos y lógicas que desafían el tiempo, hoy reflejan la fluidez de un mundo con cambios acelerados. Los currículos se actualizan y los escenarios educativos son desafiados por las nuevas tecnologías, por ejemplo, la IA, lo que hace cuestionarse al medio y apuntar a habilidades que sean más ágiles, muchas veces dejando de lado el conocimiento más profundo.
Por otro lado, el estudiante está capturado por las redes sociales, internalizando valores fuera de la idiosincrasia, o transitorios, asociados a la obtención de un «like», Así, el «influencers» se vuelve el maestro y el maestro muchas veces es cuestionado por padres que delegan en las aulas, la formación valórica. ¿Entonces se está educando para la vida o para hacer un «scroll» infinito? Luego de la pandemia estas variables han repercutido, además, en la salud mental de niños y jóvenes, siendo prueba de ello, los episodios sostenidos de violencia producto de una desvinculación con la realidad, y mayor conexión con las redes que, en algunos casos, son carentes de humanidad, pero, por, sobre todo, de responsabilidad frente a lo que ofrecen.
Esto da fruto a una generación de nómades valóricos y éticos que no pueden comprometerse a largo plazo; por lo mismo, se requiere un sistema educativo con alto compromiso de las familias para ayudar a superar los actuales déficits cognitivos, procedimentales y valóricos, y que permita a los estudiantes saber actuar frente a la desinformación, retos virales, populismo digital y otros peligros de la red.
Se trata de cambiar bajo bases consolidadas que faciliten la innovación, pero que no permita que los educandos queden a la deriva y se ahoguen en un «contexto líquido», teniendo presente que la educación puede y debe ser el dique que permita hacer flotar a la sociedad.