Buscar

La brecha no es digital, es cultural. Por Magdalena Barros, Gerente de Personas de Dimacofi

En un mes donde el trabajo suele estar al centro de la conversación, vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿Estamos realmente preparando a las personas y a las organizaciones para el trabajo que viene?

Hoy, gran parte del debate está capturado por la tecnología, Inteligencia artificial, automatización, robots, eficiencia. Todo eso importa, pero a veces dejamos en segundo plano algo igual o más crítico, que es lo humano.

Porque, en la práctica, implementar tecnología no es lo más complejo, lo difícil es lograr que las personas quieran y puedan trabajar de una manera distinta. Y eso no es tecnología, es cultura.

La evidencia es clara. Según McKinsey & Company, solo el 30% de las transformaciones digitales logra sus objetivos y el principal motivo de fracaso no es técnico, sino cultural. PwC muestra que el 73% de las personas sabe que necesitará nuevas habilidades, pero apenas el 35% siente que su empresa la está preparando. Y de acuerdo con Deloitte, aunque el 90% de los líderes reconoce la importancia de la cultura, solo el 16% cree que su organización está lista para cambiar.

Sabemos lo que hay que hacer, pero no está resultando tan fácil llevarlo a la práctica. En el día a día lo que se observa no es resistencia a la tecnología en sí, es resistencia a la incertidumbre, a la falta de claridad, a entornos donde equivocarse cuesta caro o donde no está claro qué se espera. Ahí, el desafío deja de ser digital y pasa a ser profundamente humano.

Las organizaciones que han logrado avanzar lo entendieron antes. Microsoft, por ejemplo, no partió por la tecnología, sino por la cultura, dejó atrás la lógica del “yo sé” para instalar el “yo aprendo”, cambiando la forma de evaluar, liderar y reconocer.

Amazon, por su parte, construyó una cultura obsesionada con el cliente, donde las decisiones se toman con datos y responsabilidad clara. Netflix, en cambio, apostó por un modelo de alta libertad con alta responsabilidad, donde el liderazgo entrega contexto más que control.

Tres modelos distintos, pero con un patrón común: una idea cultural clara, traducida en decisiones concretas, sostenida en el tiempo y sin miedo a la exigencia.

En todos los casos la tecnología está presente, pero como habilitador no como punto de partida. Por eso, quizás la conversación que falta no es qué soluciones vamos a implementar, sino algo bastante más incómodo: ¿Qué comportamientos estamos reforzando realmente?, ¿qué tipo de liderazgo estamos promoviendo?, ¿qué tan preparados están nuestros equipos para aprender, adaptarse y hacerse cargo?

En un contexto en que acabamos de conmemorar el Día del Trabajador, más que proyectar el futuro desde la tecnología, el desafío es mirarlo desde las personas, porque las herramientas pueden acelerar el cambio, pero no sostenerlo. Al final, el futuro del trabajo no se definirá por las soluciones que adoptemos, sino por la cultura que seamos capaces y realmente estemos dispuestos a construir.

 

noticias relacionadas

¿Qué les diría Arturo Prat a los abogados en su día? Por Carolina Araya, Directora Carrera de Derecho Universidad de Las Américas, Sede Concepción

Memoria que previene: el costo de recortar donde más importa. Por Pamela Sandoval, Directora Ejecutiva Movidos X Chile

Crónica de un cambio anunciado: el primer ajuste ministerial de Kast. Por Jorge Astudillo, Académico Facultad de Derecho U. Andrés Bello, sede Viña del Mar

Parir con voz también es aprender a escuchar. Por MT. Angélica Rojas Cortés, docente Carrera de Obstetricia y Puericultura. Universidad Central sede Región de Coquimbo