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IA: una belleza de silicio. Por Maciel Campos Director Escuela de Publicidad y Relaciones Públicas Universidad de Las Américas

Este sábado 30 de mayo, el campo deportivo Refinería Concón será escenario de una nueva jornada abierta a la comunidad, que pondrá en valor la historia de la Hacienda Concón Bajo, fue hospital de campaña durante la Guerra Civil de 1891, y el patrimonio arqueológico del sector.

Hace apenas unos años, producir un video corporativo implicaba semanas de rodaje, permisos burocráticos, seguros, iluminación, y una pequeña procesión de seres humanos arrastrando trípodes y cables por descampados industriales. Hoy basta un computador competente y un puñado de prompts bien afinados para generar tomas cenitales perfectas. Sin polvo. Sin prevención de riesgo. Sin sindicato.

Un amigo productor audiovisual me mostró hace algunos días una serie de piezas hechas íntegramente con inteligencia artificial para una empresa minera. Lo que antes habría costado millones y obligado a asegurar operaciones riesgosas, hoy se resuelve de forma rápida, económica y absurdamente eficiente. La sensación fue ambivalente: fascinación técnica, por un lado, e incomodidad por otro, esa que aparece cuando uno sospecha que acaba de ver el principio de algo demasiado revolucionario.

Porque la discusión sobre IA no tiene realmente que ver con tecnología, sino con cultura, trabajo y poder. Mientras Darren Aronofsky experimenta con herramientas generativas y varias «Majors» hollywoodenses comienzan a integrarlas discretamente en sus procesos, Guillermo del Toro insiste en defender el valor irreductible de la experiencia humana en el arte. Después de todo, una película no es solo una secuencia competente de imágenes; también es accidente, intuición, error y obsesión. Todo aquello que una máquina no experimenta.

La industria audiovisual parece encontrarse al borde de un cambio histórico. La diferencia es que esta revolución no reemplaza únicamente soportes: sustituye procesos creativos completos. La IA ya puede escribir «como Borges», pintar «como Rembrandt» o musicalizar «como Miles Davis». Pero lo hace mediante recombinación estadística: una sofisticada licuadora semántica de silicio entrenada con millones de obras humanas que produce resultados efectivos e incluso sorprendentes, aunque todavía cuesta encontrar allí una ruptura genuina comparable al cubismo, al jazz o al surrealismo. La máquina aún remixea; no inaugura.

La mala noticia es que el mercado rara vez premia lo extraordinario. Recompensa lo rápido, lo barato y lo suficiente. Y ese es precisamente el temor de actores, guionistas, ilustradores y músicos: que la cultura renderizada del promedio termine desplazando lentamente a la creación humana más compleja e imperfecta. Walter Benjamin advertía que la reproducción técnica erosionaba la autenticidad de la obra artística. Hoy la inteligencia artificial parece llevar esa lógica hasta niveles industriales.

Lo paradójico es que esta tecnología sigue siendo ignorante respecto de aquello que produce. Puede crear rostros inexistentes y escribir diálogos plausibles, pero sigue sin comprender por qué una canción kitsch puede quebrarnos el alma o visionar la escena de un film mediocre, acompañarnos para siempre.

Quizás ahí siga existiendo una frontera. Porque mientras la IA aprende a generar belleza, el ser humano todavía conserva algo peligrosamente difícil de programar: la experiencia de vivirla.

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