La canción de Alberto Cortez hablaba de “miguitas de ternura” como pequeños gestos que intentan llenar grandes vacíos. Algo similar dejó la Cuenta Pública en materia de niñez: avances valorables, como la sala cuna universal y medidas para enfrentar la explotación sexual infantil, pero aún insuficientes frente a la magnitud de los desafíos que viven millones de niños, niñas y adolescentes en Chile.
Más que iniciativas aisladas, el país necesita una política integral que sitúe a la infancia como una prioridad de Estado dentro del marco de la Ley de Garantías. Hoy seguimos destinando gran parte de los esfuerzos a reparar vulneraciones cuando ya ocurrieron, mientras la prevención, el fortalecimiento familiar y las Oficinas Locales de Niñez continúan recibiendo una atención secundaria. Estamos llegando tarde, y llegar tarde en infancia siempre resulta más costoso.
La preocupación aumenta cuando los recientes ajustes presupuestarios generan incertidumbre sobre los recursos destinados a la niñez. Si existen programas que deben reformularse, los recursos liberados debieran permanecer dentro del sistema de protección y desarrollo infantil. La infancia no puede seguir siendo una variable de ajuste ni una política focalizada únicamente en los casos más graves.
La verdadera seguridad, cohesión social y prosperidad futura se construyen mucho antes de que aparezcan la violencia, la deserción escolar, el consumo de drogas o los problemas de salud mental. Invertir en la niñez no es un gasto, es la inversión más rentable que puede hacer un país. Más prevención hoy significa menos vulneraciones mañana.