El académico de Sociología y director del Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual (TECSA), apuntó que «la evidencia disponible sugiere que el fenómeno no perdió fuerza por una sola razón. Más bien, parece haber pasado de una fase de alta viralidad y adhesión moral relativamente transversal, a una fase más ambivalente, polarizada y conflictiva».
Han pasado casi diez años desde que las denuncias contra el productor de cine Harvey Weinstein, publicadas por The New York Times en 2017, dieron origen a una de las mayores movilizaciones sociales de la era digital. El movimiento #MeToo impulsó miles de testimonios de abuso y acoso sexual, modificó la conversación pública sobre las relaciones de poder y abrió paso a un intenso debate en torno a la denominada «cultura de la cancelación».
Con el paso del tiempo, sin embargo, el fenómeno perdió la intensidad que caracterizó sus primeros años. Para el sociólogo y director del Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual (TECSA) de la Universidad Andrés Bello, Mauro Basaure, esto no significa que el movimiento haya desaparecido ni que sus efectos hayan sido anulados.
«La evidencia disponible sugiere que el fenómeno no perdió fuerza por una sola razón. Más bien, parece haber pasado de una fase de alta viralidad y adhesión moral relativamente transversal, a una fase más ambivalente, polarizada y conflictiva», explica.
El académico sostiene que distintos factores ayudan a comprender esta evolución. «Hay evidencia de caída de intensidad digital en #MeToo, de backlash antifeminista, de desgaste del trabajo activista en redes y de disputas sobre si estas prácticas producen accountability (asumir responsabilidades) o castigo injusto. Lo que no se puede afirmar con la evidencia actual es que el fenómeno haya desaparecido o que haya fracasado en términos generales», afirma.
Un debate más dividido
Según Basaure, más que un agotamiento del movimiento, lo que ha cambiado es la percepción pública sobre la llamada cultura de la cancelación. «No diría que la evidencia demuestra un agotamiento. Lo que muestra con más claridad es una creciente ambivalencia: más personas conocen el término ‘cultura de la cancelación’, pero también más personas tienden a interpretarlo como una forma de castigo injusto y no solo como accountability».
En ese contexto, añade que «el clima público se volvió más dividido, y que hay una parte importante menos proclive a aceptar o avalar estas prácticas».
¿Funcionó la cultura de la cancelación?
El regreso de figuras públicas que en algún momento parecían haber sido apartadas definitivamente del espacio público ha reabierto el debate sobre la eficacia de estas formas de sanción social.
Para Basaure, la respuesta depende del objetivo con que se evalúe el fenómeno. «Si el objetivo era producir una expulsión permanente de la vida pública, entonces hay casos en que claramente eso no ocurre».
Sin embargo, plantea que el análisis cambia cuando se consideran otros efectos. «Si el objetivo era visibilizar abusos, instalar nuevas normas de conducta, modificar protocolos institucionales o hacer más costosas ciertas prácticas, entonces el balance es más ambiguo. No creo que la persistencia de audiencias para figuras polémicas demuestre, por sí sola, el fracaso de estas prácticas».
A su juicio, el principal legado del #MeToo se encuentra precisamente en ese cambio cultural. «La evidencia muestra que el #MeToo sí contribuyó a instalar una expectativa mayor de responsabilidad en ciertos espacios, especialmente laborales. Pero también muestra que las sanciones públicas son desiguales, reversibles y dependen de factores como la base de apoyo previa, la polarización política, la industria y la capacidad de las figuras para reconvertir la controversia en identidad pública. Por eso, más que fracaso, hablaría de eficacia parcial y desigual».
El impacto de la pandemia
Respecto a la posibilidad de que la pandemia haya acelerado la pérdida de protagonismo del movimiento, el investigador llama a la cautela. «Puede haber contribuido, pero no podemos afirmarlo como hecho probado. Es posible que haya reordenado las prioridades públicas y aumentado la fatiga frente a la conflictividad digital. Sin embargo, para demostrarlo, habría que comparar actitudes hacia la cancelación antes, durante y después de la pandemia. Hasta donde sé, no existen estudios de este tipo».
Las nuevas generaciones
Consultado por la permanencia de conceptos como «funa» o «cancelación» entre los adolescentes, Basaure considera que forman parte del vocabulario cotidiano de quienes crecieron en entornos digitales. «Uno puede estar de acuerdo con que el concepto de funa esté arraigado entre adolescentes en Chile. Ello deriva del hecho de que las generaciones adolescentes están fuertemente socializadas en plataformas digitales, lo que hace probable que conozcan y usen categorías como cancelación, exposición pública o funa. Sería muy raro que no fuese el caso».
Mirando hacia el futuro, el sociólogo estima que las nuevas generaciones probablemente desarrollarán una relación más compleja con estos mecanismos de sanción pública. «Mi hipótesis es que las nuevas generaciones no van simplemente a rechazar la cancelación ni a reproducirla igual que entre 2017 y 2020. Probablemente la integren a repertorios más complejos, donde convivan la demanda de responsabilidad pública, la crítica al linchamiento digital y una mayor preocupación por formas restaurativas de resolución de conflictos. Pero esto debe ser estudiado; no puede afirmarse todavía como evidencia consolidada».