El exceso de frío puede generar incomodidad y favorecer despertares durante la noche, pero sobrecalentar la habitación tampoco es la solución. La clave está en encontrar un equilibrio que permita al cuerpo descansar confortablemente.
Agosto de 2026.- Hay noches de este invierno en que meterse bajo las frazadas se convierte casi en un ritual: una manta más, calcetines, calefacción y la esperanza de entrar rápidamente en calor para por fin descansar. Pero cuando el frío resulta excesivo, encontrar una temperatura adecuada también puede transformarse en un desafío para dormir bien.
El problema no es simplemente sentir frío. Cuando el ambiente resulta incómodo, el organismo debe realizar ajustes para conservar el calor, lo que puede favorecer movimientos, despertares y dificultades para mantener un sueño continuo. Así, una persona puede pasar varias horas en la cama y, de todas formas, levantarse con la sensación de no haber descansado lo suficiente.
Un dormitorio confortable
Durante el sueño, el organismo disminuye naturalmente su temperatura corporal, pero existe una diferencia importante entre ese proceso fisiológico y dormir en una habitación fría. Cuando las bajas temperaturas generan incomodidad, el cuerpo debe esforzarse por conservar el calor, lo que puede interrumpir el descanso.
Según explica el doctor Humberto Otárola, médico de Cordillera Interclínica, la clave está en encontrar un punto de equilibrio que permita al organismo descansar sin tener que responder constantemente a ese estímulo.
«Cuando la habitación está demasiado fría, el cuerpo pone en marcha mecanismos para conservar el calor y eso puede afectar la continuidad del sueño. La idea no es dormir con una temperatura elevada, sino conseguir un ambiente confortable durante toda la noche, sin sentir frío ni calor excesivo», señala el especialista.
Como referencia para los adultos, la Fundación Nacional del Sueño de Estados Unidos recomienda mantener la temperatura del dormitorio entre 15,5 y 19,5 °C. Sin embargo, no existe una cifra universal, ya que la sensación térmica puede variar según la edad, la ropa de cama, la humedad ambiental y las características de cada persona.
«Las necesidades no son las mismas para todos. Por ejemplo, los adultos mayores pueden ser más sensibles a las bajas temperaturas y requerir un ambiente más cálido para sentirse confortables, mientras que en el caso de los bebés es especialmente importante evitar el exceso de abrigo y mantener condiciones adecuadas y seguras», explica el especialista de Cordillera Interclínica.
Más abrigo no siempre es mejor
Cuando bajan las temperaturas, aumentar las capas de ropa suele ser la primera respuesta. Una manta adicional o un pijama más abrigado pueden ser suficientes para recuperar el calor, pero tampoco conviene exagerar: el exceso de abrigo puede provocar sudoración, sensación de calor y variaciones de temperatura durante la noche.
«Una buena señal es acostarse sintiéndose abrigado, pero sin quedar atrapado bajo tantas capas que después resulte difícil regular la temperatura. El objetivo es poder mantenerse confortable durante toda la noche, sin tener que despertarse para descubrirse o volver a taparse», explica el doctor William Aranguibel, internista de Los Leones Interclínica.
Elegir calefacción
La calefacción es una buena aliada esta temporada, pero no se trata de mantener el dormitorio a una temperatura elevada durante toda la noche. Una alternativa es utilizarla para alcanzar un ambiente confortable antes de acostarse y regular su uso posteriormente, de acuerdo con las condiciones del espacio y el sistema utilizado.
También es importante mantener una ventilación adecuada, especialmente cuando se emplean equipos que funcionan mediante combustión. El objetivo es conseguir una temperatura agradable sin descuidar la calidad del aire ni la seguridad.
«La calefacción debe utilizarse para alcanzar confort, no para sobrecalentar la habitación. Si el ambiente se vuelve demasiado cálido o el aire se siente cargado, puede terminar siendo tan incómodo como dormir con frío. Y cuando se utilizan equipos de combustión, la ventilación y las medidas de seguridad son fundamentales», explica el doctor Aranguibel.
El frío no explica todo
No todos los despertares o dificultades para dormir durante el invierno se deben a la temperatura. Los cuadros respiratorios, por ejemplo, pueden sumar congestión, tos o dolor de garganta, mientras que la menor exposición a la luz natural, los cambios de rutina y una mayor permanencia en espacios interiores también pueden alterar los patrones habituales de sueño.
«Cuando una persona comienza a dormir mal de manera persistente, es importante mirar el conjunto y no atribuirlo automáticamente al frío. Puede haber una temperatura inadecuada, pero también una enfermedad respiratoria, cambios de rutina u otro factor que esté interfiriendo con el descanso», plantea el doctor Aranguibel.
Una noche incómoda no necesariamente significa que exista un trastorno del sueño. Sin embargo, si los despertares, la dificultad para conciliarlo o el cansancio durante el día se vuelven frecuentes, conviene prestar atención. En estos casos, además de revisar las condiciones del dormitorio, puede ayudar mantener horarios regulares, reducir los estímulos antes de acostarse y procurar un espacio oscuro, tranquilo y confortable.
«Si las dificultades para dormir se mantienen pese a hacer estos ajustes, es recomendable consultar. Especialmente si aparecen somnolencia excesiva durante el día, ronquidos intensos o pausas respiratorias, porque pueden ser señales de un problema que requiere evaluación», señala el doctor de Los Leones Interclínica.