Cuando una persona termina una bebida, la lata suele parecer un objeto que ya cumplió su propósito. Sin embargo, desde la perspectiva de la economía circular, ese momento no representa el final de su uso como envase, sino el punto de partida de una nueva oportunidad.
Una lata de aluminio vacía conserva un valor ambiental, productivo, económico y social. Puede ser recuperada, procesada y transformada nuevamente en materia prima, evitando que un recurso aprovechable termine enterrado en un relleno sanitario o disperso en el entorno.
El aluminio posee una característica especialmente relevante: puede reciclarse muchas veces sin perder sus propiedades esenciales. Además, producir aluminio reciclado requiere cerca de un 95% menos de energía que producir aluminio primario. Por eso, recuperar una lata no es solamente una acción vinculada a la gestión de residuos. Es también una manera concreta de conservar recursos y mantener los materiales circulando dentro de la economía.
Pero la posibilidad técnica de reciclar un envase no garantiza que efectivamente sea recuperado.
Ese es uno de los principales desafíos que enfrentamos en Chile. Mientras las latas de aluminio alcanzan regularmente tasas globales de reciclaje cercanas al 75%, antecedentes sectoriales sitúan la tasa de recuperación chilena en torno al 36%. Esta diferencia evidencia que todavía existe una cantidad importante de aluminio que pierde su oportunidad de volver al ciclo productivo.
Para cerrar verdaderamente el círculo necesitamos avanzar desde la reciclabilidad teórica hacia la recuperación efectiva. Esto significa contar con sistemas de recolección accesibles, educación ambiental, infraestructura adecuada, trazabilidad y mercados capaces de valorizar los materiales recolectados. También requiere que cada actor comprenda la responsabilidad que le corresponde dentro de la cadena.
Las empresas debemos diseñar envases que faciliten la circularidad y participar activamente en sistemas que permitan recuperarlos. Los consumidores pueden contribuir separando correctamente sus residuos y entregándolos en los puntos o mecanismos de recolección disponibles. Los municipios y sistemas de gestión tienen el desafío de ampliar la cobertura territorial y facilitar la participación de los hogares.
Sin embargo, existe otro actor fundamental cuya contribución muchas veces permanece fuera de la mirada pública: las recicladoras y los recicladores de base.
Durante décadas, estas personas han recorrido barrios, calles, comercios y espacios públicos recolectando, separando y comercializando materiales que de otra manera podrían haberse convertido en basura. Su trabajo constituye un eslabón esencial de la cadena del reciclaje y una fuente de ingresos para miles de familias.
La Ley de Responsabilidad Extendida del Productor reconoce la necesidad de incorporar a los recicladores de base en la gestión de residuos mediante mecanismos de capacitación, formalización y financiamiento. Más que una obligación normativa, esto representa una oportunidad para fortalecer una cadena de reciclaje más eficiente e inclusiva, con mejores condiciones de trabajo y reconocimiento para quienes cumplen un papel clave en la recuperación de materiales.
Por ello, avanzar hacia una mayor recuperación de latas requiere construir alianzas entre empresas, autoridades, sistemas de gestión, organizaciones sociales, consumidores y recicladores de base. Ningún actor puede cerrar el círculo por sí solo.
También necesitamos fortalecer una cultura en la que separar los residuos sea una práctica cotidiana. Una lata depositada en la basura común puede perderse definitivamente. La misma lata, separada y entregada correctamente, puede regresar al sistema productivo y convertirse en un nuevo envase.
Ese pequeño gesto demuestra que el valor de los materiales no desaparece cuando termina el consumo. Lo que cambia es nuestra capacidad para reconocerlo y recuperarlo.
Chile ha comenzado a avanzar en esta dirección mediante la implementación de la Ley REP y el desarrollo de nuevos sistemas de gestión. El desafío ahora es transformar ese marco en resultados concretos: más cobertura, más recuperación, mayor trazabilidad y una integración efectiva de quienes han sostenido históricamente el reciclaje en nuestros territorios.
La economía circular comienza con una decisión sencilla: dejar de mirar los envases usados como basura y empezar a reconocerlos como recursos.
Una lata vacía todavía contiene energía, trabajo, conocimiento, materia prima y valor económico. Recuperarla significa evitar que todo ese valor se pierda. También significa construir una cadena más eficiente, circular y sostenible.
Después de consumirla, una lata aún tiene mucho que aportar. El desafío es asegurarnos de que pueda hacerlo.