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Las tres etapas clave de la gestión de continuidad. Por Jacqueline Pino, Gerente de ciberseguridad y resiliencia de Cybertrust

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En el último tiempo, nuestro país —como ya es habitual— ha enfrentado una serie de emergencias que han puesto a prueba la capacidad de respuesta de organizaciones públicas y privadas. Temporales, incendios y ciberataques nos recuerdan una realidad ineludible: las crisis seguirán ocurriendo. Frente a ese escenario, la continuidad de negocio se convierte en una capacidad estratégica.

La gestión de continuidad puede entenderse de una manera bastante simple: antes, durante y después.

La etapa previa es donde existe la mayor oportunidad para prepararse. Es el momento de identificar riesgos, reconocer los procesos críticos, evaluar dependencias, definir prioridades y desarrollar planes de continuidad que permitan responder de manera organizada cuando ocurra una interrupción. Pero planificar no es suficiente. También es necesario capacitar a las personas, sensibilizar a toda la organización, realizar simulacros, poner a prueba los procedimientos y detectar aquello que aún requiere mejoras. Es precisamente en esta etapa donde se desarrolla el «músculo organizacional» que posteriormente permitirá actuar con mayor seguridad. Mientras más se practica, menos espacio queda para la improvisación.

La segunda etapa comienza cuando la crisis ya está ocurriendo. En ese momento, el foco debe trasladarse desde la planificación hacia la ejecución. Lo primero siempre será proteger a las personas. Luego corresponde evaluar la situación, activar los equipos de respuesta, comunicar oportunamente, tomar decisiones y comenzar el proceso de recuperación de las operaciones críticas. Si el trabajo previo fue realizado correctamente, muchas de estas acciones ya estarán definidas. Eso no significa que todo ocurrirá exactamente como estaba escrito en el plan. Ninguna emergencia se desarrolla de forma idéntica a un ejercicio. Siempre surgirán imprevistos, información incompleta y decisiones difíciles. Sin embargo, una organización preparada enfrenta esa incertidumbre con roles claros, procedimientos conocidos y equipos que ya han entrenado para actuar bajo presión.

La tercera etapa suele recibir menos atención, aunque probablemente sea una de las más importantes. Una vez superada la emergencia, comienza el momento de aprender. Es necesario preguntarse qué funcionó correctamente, qué decisiones resultaron efectivas, cuáles fueron las principales dificultades y qué aspectos deberían modificarse antes de enfrentar una nueva contingencia. Las lecciones aprendidas no pueden quedar únicamente registradas en un informe. Deben transformarse en mejoras concretas, con responsables, plazos y seguimiento, de manera que fortalezcan los planes existentes y aumenten la capacidad de respuesta futura.

En esencia, de eso trata la resiliencia. No consiste únicamente en recuperarse de una crisis, sino en hacerlo incorporando aprendizajes que permitan enfrentar mejor la siguiente. Una organización resiliente no es aquella que nunca sufre interrupciones, sino aquella que desarrolla la capacidad de adaptarse, recuperarse rápidamente y salir fortalecida después de cada experiencia.

Los acontecimientos recientes vuelven a recordarnos una lección fundamental: la preparación no evita las emergencias, pero sí puede cambiar profundamente sus consecuencias. Cuando llega la próxima crisis, la diferencia no la marcará la organización que tenga el plan más extenso, sino aquella que haya convertido la preparación en parte de su cultura y esté lista para responder con rapidez, coordinación y aprendizaje continuo.

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