Llegar cansado después del trabajo es habitual. El problema comienza cuando esa sensación deja de ser transitoria y nuestra energía alcanza únicamente para cumplir con las obligaciones. Dejamos de cocinar, postergamos el autocuidado, vemos menos a nuestros amigos o abandonamos actividades que antes disfrutábamos. Seguimos funcionando, pero progresivamente desaparece aquello que queremos hacer.
Incluso el descanso puede cambiar de sentido. El tiempo libre deja de ser un espacio para disfrutar o desconectarse y pasa a utilizarse exclusivamente para recuperar fuerzas y volver a trabajar al día siguiente. Así, el “deber hacer” comienza a desplazar al “querer hacer”.
La solución tampoco consiste necesariamente en sumar nuevas obligaciones bajo la etiqueta del autocuidado. Primero necesitamos reconocer qué actividades consumen nuestra energía y cuáles permiten recuperarla. Y entender que no todo depende de organizar mejor el tiempo: las condiciones laborales, los traslados y las responsabilidades de cuidado también influyen.
Una vida equilibrada no debería consistir solamente en tener energía para seguir trabajando. También necesita dejar espacio para vivir y disfrutar lo cotidiano.