La semana después del 18 tiene un color reconocible en cualquier escuela chilena. Los cursos entran más lento del recreo, las conversaciones se estiran, los profesores vuelven a explicar lo que la semana anterior ya habían explicado. En la sala de profesores, alguien comenta, medio en broma, que su curso anda con caña del 18. Nadie pide que lo explique. Todos entienden la frase de inmediato, aunque sea de mal gusto, y esa facilidad debería llamarnos la atención, porque le ponemos nombre a algo que ocurre todos los años, en todas las escuelas del país, y al ponerle un nombre ya decidimos qué tipo de problema es.
Una expresión así (hay otras, cómo no; el chileno siempre es vivaz) hace dos cosas a la vez. Primero, traslada el asunto al cuerpo de cada persona, porque quien está cansado tiene algo y ese algo se le va a pasar. Segundo, convierte el problema en un efecto secundario, en la resaca de un evento puntual que ya terminó. Por lo tanto, la imagen que se construye es una explicación cómoda: describe una anomalía transitoria y no obliga a mirar nada más. La semana que viene volveremos a la normalidad. El problema es que esa normalidad es exactamente lo que convendría revisar.
Basta con abrir el calendario escolar. En la mayoría de las regiones los estudiantes volvieron de las vacaciones de invierno la primera semana de julio. Desde entonces hasta el 18 transcurrieron cerca de diez semanas de clases sin ninguna interrupción larga. Y desde este lunes hasta el término del año escolar, que este año ocurre entre el 4 y el 18 de diciembre, quedan otras once o doce. Ahí tampoco hay ningún receso comparable. Visto así, el fin de semana largo no interrumpió el ritmo del año. Fue la única pausa real en un tramo de cinco meses.
Nada de esto significa que la explicación fisiológica sea falsa. Los horarios se desordenan de verdad, se duerme distinto, se come distinto y volver cuesta. ¡Qué rica esa empanada! Ajustar los horarios de manera gradual ayuda, y vale la pena hacerlo. Pero una explicación que llega solo hasta el cuerpo de cada uno deja intacta una pregunta bastante más incómoda. ¿Por qué una comunidad escolar completa necesita una semana entera para recuperarse de cuatro días de descanso?
Cuando decimos que hay que revisar nuestras rutinas, solemos pensar en rutinas domésticas. Acostarse antes, comer a las horas, preparar la mochila la noche anterior. Son recomendaciones razonables, pero, en general, insuficientes. Las rutinas que más pesan en estas semanas no se deciden en cada casa; se deciden al diseñar el año escolar. Cómo se distribuye la carga evaluativa del último tramo, si las pruebas se concentran todas en las mismas tres semanas de noviembre, si las horas no lectivas de los profesores existen en el contrato y también en el horario real, si alguien previó que el cierre del año coincide con el periodo de mayor trabajo administrativo. Esas también son rutinas. Y alguien las diseñó.
Hay algo más a tener en cuenta, y tiene que ver con lo que los estudiantes aprenden sobre sí mismos durante estas semanas. Cuando el cansancio se explica únicamente en clave individual —te acostaste tarde, te falta constancia, hay que retomar el ritmo—, el estudiante que no logra seguir no concluye que el ritmo sea exigente. Concluye algo sobre él, sobre el problema que él tiene para aprender. Y esa conclusión, repetida cada septiembre y cada noviembre a lo largo de doce años de escolaridad, va formando una imagen de sí mismo como alguien que no tiene lo que hay que tener, en lugar de alguien que trabaja en condiciones que cansarían a cualquiera. La diferencia entre esas dos lecturas define cuánto esfuerzo parece razonable seguir invirtiendo.
Por eso conviene tomarse en serio estos días en lugar de esperar a que pasen. El cansancio de esta semana no es la señal de que algo salió mal (o, en realidad, muy bien) en el fin de semana largo. Es, más bien, la primera vez en meses que el cuerpo tuvo tiempo suficiente para avisar que algo pasa con el descanso, con la rutina inagotable. La pregunta, entonces, no es cómo volvemos rápido al ritmo anterior. Es si ese ritmo al que queremos volver con tanta urgencia resiste que lo miremos de frente. A mi juicio, se cae a pedazos.