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Sobre roca; no sobre arena. Por Raúl Caamaño Matamala, profesor Universidad Católica de Temuco

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

Mesas y sillas plegables, bolsos para picnic, cocinillas y carpas forman parte de la propuesta de la marca, que también cuenta con un showroom en Quilpué para conocer sus productos de cerca.

La división de la estatal licitó un contrato a ocho años que reemplazó la totalidad de sus vehículos diésel por unidades cero emisiones, adelantándose a las metas corporativas de la cuprífera al 2030.

Sobre roca; no sobre arena. Nuevamente lo escuchamos, lo hemos escuchado más de una vez. Sobre roca sí es seguro edificar. Lo que se ha de construir ha de ser sobre base segura, sólida, como la roca.

Hacer buen acopio de ideas, no solo de las propias, sino también de las de los demás, es buena reserva para que lo que se construya a partir de ellas sea imperecedero, estable, sino eterno.

¿Qué hacer entonces? Cerciorarnos de que la base sea sólida, compacta, trabada. ¿Cómo conseguirlo? Unir, reunir, atar, ligar todas las ideas, las tuyas, las mías, las nuestras, de manera tal que no quede cabo suelto.

La idea país se ha de ver fortalecida; no solo parecerlo, debe serlo. Y ello será posible siempre que la edificación combine firmeza con flexibilidad, pero siempre, siempre que su base no esté cimentada sobre arena. Un proyecto así no puede mirar tan solo a cuatro años plazo; debe situar la mirada en lontananza, a quince, veinte o más años.

En esta arquitectura de largo aliento, la educación es uno de los materiales base. Pero la educación, el sistema escolar, no ha de ser una guardería o un mero comedor; tratarla así es edificar sobre arena. La responsabilidad no es solo del profesor, de la escuela o del liceo; es tarea de todos. Comienza en la casa, en la familia, en la sala cuna. La familia y la comunidad han de ser el insumo base para la edificación de esta idea país. La educación no ha de reducirse a contenidos, materias o métricas numéricas; se trata de actitudes, de valores, de humanidad.

Debemos contribuir a desarrollar la individualidad de la persona, pero no el individualismo ni el egoísmo. Los sistemas educacionales dedican ingentes recursos a medir resultados, pero la educación debe ser humana, humanística y centrada en la persona. Los dones y dotes habidos han de ser partidos, compartidos, departidos, repartidos e impartidos, de todas las maneras posibles.

Hoy son raíces; mañana serán brotes y pronto vástagos rectos, firmes. Para ello, una escuela para padres, madres y apoderados, adaptada a cada comunidad, sería un abono indispensable para que la familia asuma su rol formador y no deposite toda la carga en la puerta del colegio.

Dejemos de ser marionetas; advirtamos los hilos que penden sobre nosotros para asegurar que nuestras acciones respondan a nuestros verdaderos valores y no a dictados ajenos. Es urgente dejar de lado la ira, el enojo, la desconfianza y el odio. Es tiempo de mesura, de sosiego y de paz. Optemos por la humanidad.

Reconozcamos en el otro a un igual, un prójimo con quien compartimos el mismo suelo y la misma fragilidad. Las palabras que deben primar son las nuestras, las de los de a pie: las que llaman al entendimiento, al diálogo y al respeto por la vida.

La tarea es enorme y ya estamos atrasados. No pertenece a otros; comienza en nosotros y es en beneficio de todos. La educación es preciso imaginarla, reimaginarla, renovarla y transformarla con disposición, responsabilidad y propósito.

Fijemos el timón con mano firme. Vayamos al encuentro, un paso adelante, para construir, sobre roca y entre todos, el país que queremos.

No lo olvides, no lo olvidemos: sobre roca; no sobre arena.

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