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El asma también puede ser una enfermedad profesional. Por Dr. Guillermo Lermanda Holmgren, médico del Trabajo Director Académico de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET)

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Cuando pensamos en peligros en el lugar de trabajo es posible que lo primero que llegue a nuestra mente sean los agentes responsables de accidentes, como caídas de altura, electrocución, golpes, accidentes de tránsito, entre otros. Sin embargo, elementos habituales como la harina, el polvo de madera, agentes desinfectantes y otros pueden convertir el lugar de trabajo en el punto de origen de una enfermedad respiratoria como el asma. El Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional de Estados Unidos (NIOSH) ha identificado más de 300 agentes capaces de causar o agravar el asma.

El asma ocupacional se desarrolla en personas que nunca habían presentado esta enfermedad. Ocurre cuando el organismo se sensibiliza —desarrolla una respuesta alérgica— frente a un agente presente en el lugar de trabajo. Puede originarse tras una inhalación accidental a dosis altas o debido a exposición repetida a pequeñas cantidades.  Su aparición puede, entonces, darse de manera gradual y hacerse perceptible cuando se manifiestan sus síntomas.

Los agentes asmogénicos (capaces de producir asma) pueden encontrarse en diversos lugares de trabajo. La harina puede afectar a panaderos y trabajadores de molinos; el polvo de madera, a carpinteros y operarios de aserraderos; y los isocianatos presentes en pinturas, espumas y adhesivos, a pintores, trabajadores de la construcción y de la industria automotriz. También pueden estar expuestos quienes manipulan metales, resinas, formaldehído, y agentes irritantes, especialmente en labores de limpieza, desinfección, salud, laboratorios e industria.

Uno de los principales problemas es que sus manifestaciones pueden confundirse con un resfrío prolongado, una alergia estacional, una bronquitis o un asma de origen común (no laboral). Sus manifestaciones clínicas no son distintas a las del asma común: tos, silbidos al respirar, sensación de falta de aire que pueden venir en crisis ocasionales. Lo que nos debe hacer sospechar que un cuadro de asma puede estar relacionado con el trabajo es que estas manifestaciones clínicas se presenten a partir de la adultez en personas previamente sanas y que estén relacionadas con la exposición laboral: los síntomas aparecen durante la jornada laboral y disminuyen considerablemente o desaparecen durante los fines de semanas, vacaciones u otras momentos fuera del trabajo.

En Chile, el asma causada directamente por agentes químicos o biológicos presentes en el trabajo es reconocida como una enfermedad profesional. Ante una sospecha, el trabajador, el empleador o cualquier persona que tenga sospecha puede presentar una Denuncia Individual de Enfermedad Profesional (DIEP) ante el organismo administrador de la Ley N.º 16.744 respectivo. El estudio deberá confirmar el diagnóstico y establecer su relación de causalidad directa con el trabajo. El asma común agravada por el trabajo no tiene cobertura como enfermedad profesional.

El tratamiento farmacológico es similar al del asma común, pero lo más relevante, al igual que en muchas enfermedades profesionales, es el cese de la exposición. Es por esto que la normativa vigente en Chile obliga a que, cuando se confirma su carácter profesional, el empleador debe adoptar medidas para detener o mitigar al máximo la exposición al agente responsable. Si el agente se usa en un proceso productivo, la prioridad debe ser eliminarlo o sustituirlo, si su presencia es un producto de un proceso se debe gestionar para evitar que las personas tengan contacto directo con este. En ocasiones no es posible evitar el contacto y queda como opción el cambio de puesto de trabajo de la persona enferma a un puesto sin exposición.

Es necesario que quienes trabajamos estemos conscientes de cuáles son los peligros a los que nos exponemos, estar atentos a la aparición de síntomas que nos hagan sospechar de una enfermedad profesional y consultar a tiempo cuando esto ocurra. Debemos todos ser promotores de buenas prácticas y transformarnos en protagonistas de los esfuerzos que sea necesario hacer para evitar que nosotros o nuestros compañeros de trabajo enfermen.

 

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