Llega octubre, el Mes de la Ciberseguridad, y Chile lo enfrenta en medio de contingencias relevantes: la eventual postergación por un año de la Ley de Protección de Datos Personales y el avance vertiginoso de la Inteligencia Artificial, que obliga a repensar cómo protegemos la información. En este escenario, queda claro que la seguridad no puede descansar únicamente en normas o en el cifrado por software: la protección física se vuelve indispensable.
Una de las tendencias más avanzadas es el cifrado por hardware, que integra el controlador dentro del dispositivo y neutraliza intentos de hackeo incluso si el software es vulnerado. Esta tecnología ya está presente en pendrives y SSD, asegurando que los datos sean accesibles únicamente para sus propietarios.
Pero el reto no se trata solo de tecnología, porque el desafío más bien es cultural. Con las regulaciones todavía en marcha blanca, o -como en el caso de la Ley Marco de Ciberseguridad- en proceso de definición de sus normas más específicas, la primera responsabilidad por proteger los datos recae en las organizaciones y usuarios. Son ellos quienes deben avanzar en métodos regulares y consistentes, que vuelvan el acceso a la información menos vulnerable.
Por estos motivos, el Mes de la Ciberseguridad no solo nos invita a revisar los anuncios recientes en materia de políticas públicas, sino también a reflexionar sobre qué podemos hacer cada uno para estar resguardados. Porque más allá de leyes y marcos regulatorios, la verdadera defensa de los datos depende de cómo asumimos la responsabilidad de cuidarlos en un entorno cada vez más desafiante.