Chile está envejeciendo, y lo está haciendo rápido. Hoy, cerca del 14% de la población tiene 65 años o más. Vivir más es uno de los grandes logros de nuestra sociedad, pero ¿estamos preparados para vivir esos años con salud cerebral y autonomía?
La pregunta adquiere especial relevancia durante septiembre, Mes Mundial del Alzheimer. Este año, Alzheimer’s Disease International ha puesto el foco precisamente en el diagnóstico oportuno bajo una idea simple: mientras antes sabemos, más podemos hacer. En Chile, cerca de 200.000 personas viven con demencia y se estima que alrededor del 7% de las personas mayores de 60 años presenta esta condición. La enfermedad de Alzheimer es su causa más frecuente.
Pero las cifras no cuentan toda la historia. Detrás de ellas hay personas y familias que muchas veces pasan años intentando entender qué está ocurriendo. El diagnóstico importa porque reduce incertidumbre, permite tratar síntomas y otras condiciones de salud, organizar apoyos y cuidados y, especialmente, permite que la propia persona participe en las decisiones sobre su futuro mientras conserva la autonomía para hacerlo.
Durante décadas, confirmar la biología de la enfermedad de Alzheimer dependía de herramientas complejas y poco accesibles, como PET cerebral o análisis de líquido cefalorraquídeo. Hoy podemos medir en sangre proteínas estrechamente relacionadas con la patología del Alzheimer (p-tau217). En personas con deterioro cognitivo, la precisión diagnóstica para el Alzheimer fue cercana al 61% en atención primaria y 73% entre especialistas utilizando la evaluación clínica habitual, mientras que alcanzó aproximadamente 91% con biomarcadores sanguíneos basados en p-tau217.
Esto ya no pertenece solamente al terreno experimental. En Estados Unidos ya existen pruebas sanguíneas basadas en p-tau217 autorizadas por la FDA para apoyar la evaluación de la enfermedad de Alzheimer. Pero estos avances también obligan a ser rigurosos. Un biomarcador no reemplaza el juicio clínico y un resultado sanguíneo aislado no equivale a un diagnóstico de demencia. Estas herramientas deben utilizarse en personas con sospecha clínica e interpretarse junto con la historia de la persona, su evaluación cognitiva y, cuando corresponda, otras herramientas diagnósticas.
Desde BrainLat UAI y el consorcio ReDLat hemos trabajado precisamente en esa intersección entre biología y contexto clínico. En un estudio multicéntrico reciente que evaluó biomarcadores sanguíneos del marco AT(N) en 605 personas de diferentes países de América Latina, encontramos que estos biomarcadores permitieron clasificar la enfermedad de Alzheimer con una precisión cercana al 83% y la demencia frontotemporal al 88%. Al integrarlos con información clínica y de neuroimagen, la precisión aumentó al 89% y 95%, respectivamente. El punto no es que la sangre sustituya al médico. Nuestros resultados muestran justamente lo contrario: la información biológica es más útil cuando se integra con la persona que tenemos enfrente, su cognición, su historia clínica y su contexto.
Esto es particularmente relevante para América Latina. Nuestra región continúa insuficientemente representada en gran parte de la investigación que ha definido los estándares actuales. Generar evidencia latinoamericana no es un detalle científico: es una condición para que la medicina de precisión sea realmente precisa y también equitativa.
Pero una sociedad preparada para la longevidad necesita mucho más que mejores pruebas diagnósticas. La salud cerebral se construye durante todo el curso de vida. El nuevo Plan Nacional de Demencia 2025–2035 reconoce esta transición al incorporar tanto la prevención como el acceso al diagnóstico oportuno. Esto significa actuar sobre factores que van desde la salud cardiovascular, la actividad física y la audición hasta la educación, la salud mental, el aislamiento social y las condiciones ambientales en las que vivimos.
La nueva Ley Integral de las Personas Mayores y discusiones como las impulsadas desde Envejecimiento 2050 abren una oportunidad para pensar qué país queremos construir para una población cada vez más longeva. Si Chile quiere tomarse en serio esa discusión, la salud cerebral no puede quedar fuera. El desafío es conectar estas piezas: investigación con atención primaria, prevención con diagnóstico oportuno, innovación tecnológica con políticas públicas y evidencia global con conocimiento generado en nuestra propia población.
Vivir más es una conquista. El desafío ahora es que esos años adicionales puedan vivirse con salud cerebral, autonomía y capacidad de decidir. Preparar al Chile de 2050 exige comenzar hoy.