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De las incertidumbres a la incertidumbre. Por Raúl Caamaño Matamala, Profesor, Universidad Católica de Temuco

El programa de reciclaje orgánico desarrollado en Concón, con financiamiento de Enap y la participación de establecimientos gastronómicos y hoteleros…

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

¿Ha contado usted cuántas dudas le caben en un solo día? No hablo de la duda metódica de los filósofos, sino de esa incertidumbre cotidiana, áspera, que nos despierta a medianoche o nos acompaña ensimismados en la micro, en el taco, en la fila del supermercado. ¿Llegaré a fin de mes? ¿Habrá trabajo mañana? ¿Nos irá a alcanzar la pensión? ¿Qué país le vamos a dejar a los chiquillos?

Las incertidumbres, en plural, son así: veleidosas, múltiples, ramificadas. No vienen solas; son un racimo. Vuelan como mariposas en el estómago o se empozan en el pecho como un dolor sordo. Hablamos de incertidumbres, en plural, porque el temor tiene mil rostros y el futuro se nos desdibuja en mil esquinas distintas. Se alimentan del cortoplacismo, del “más o menos”, de la pauta noticiosa del día, de la polarización que atiza la desconfianza y del egoísmo que nos aísla. En un Chile que bordea ya los veinte millones de almas, pareciera que hay veinte millones de incertidumbres flotando en el aire.

Y en medio de ese oleaje, ¿dónde queda la certidumbre, así, en singular?

Porque la certidumbre es distinta. No es plural. La certidumbre es un suelo firme, una convicción, un marco de referencia. No significa tener la bola de cristal para adivinar el mañana, sino saber dónde estamos parados hoy y con quiénes contamos para caminar hacia adelante. La certidumbre es el techo de la casa común; las incertidumbres son la intemperie, ni más ni menos.

¿Cómo transitar, entonces, de las incertidumbres a la certidumbre? ¿Cómo amansar esa multitud de dudas para edificar un poquito de paz?

No será en el congreso multiplicando leyes ni dictando reglamentos de última hora. Tampoco vendrá de la mano de soluciones mágicas a cuatro años plazo, atadas al calendario electoral. La certidumbre no se compra en cuotas ni se decreta por el diario oficial. La certidumbre se edifica. Y para edificarla, me parece, necesitamos volver a los cimientos que hemos venido conversando humildemente en este espacio antes, en otras columnas.

Primero, acotar el tiempo y el espacio. Cuando miramos el horizonte a treinta años en medio del caos, la incertidumbre nos paraliza. Pero si achicamos el radio -si miramos el espacio inmediato de nuestro hogar, nuestra sala de clases, nuestra comuna, y nos preguntamos qué podemos hacer en las próximas veinticuatro horas-, la certeza vuelve a ser posible. La certidumbre empieza en la escala humana.

Segundo, insisto, pasar de la cultura del ego a la “nostridad”. La incertidumbre florece en la soledad del individuo que intenta resolver la vida rumiando sus temores. Cuando hay comunidad, cuando hay un tú en el que me apoyo y un nosotros que nos sostiene, la duda no desaparece, pero pierde su colmillo feroz. La certidumbre es, en el fondo, una construcción colectiva. Es la confianza empeñada y cumplida.

Tercero, y sobre todo, más educación actitudinal. Una educación centrada en la persona, que no se agote en el saber o en el saber hacer, sino en el ser. Una educación que nos enseñe a tolerar la ambigüedad, a ser empáticos, proactivos, serenos, respetuosos y perseverantes. El ciudadano educado en valores no le teme a los cambios del entorno, porque lleva la certeza guardada en su propio carácter.

No nos engañemos. Las incertidumbres seguirán ahí, rondando como el clima caprichoso del sur de nuestro país. Pero no estamos condenados a vivir a la deriva. Si aprendemos a cultivar la concordia, si logramos trazar acuerdos mínimos que superen las pequeñeces del momento y si volvemos a poner el hombro por el prójimo, habremos dado el salto decisivo: pasaremos de estar atenazados por mil dudas, a ser edificadores de una sola, grande y luminosa certidumbre.

¿Dispuestos? De nosotros depende. De ti, de mí, de todos.

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