¿Bet? Bet, what? ¡Hum!, todo es “bet” ahora, hacia donde se gire, abundan los anuncios que llevan la sílaba “bet”, bet tanto, bet no sé cuánto, bet… ¿Se han fijado?
¡Apostar, apostar, apostar, que el mundo se va a acabar!
Las apuestas todo lo dominan, casi todo, seamos justos y no tremendistas.
¿Y antes? Sí, las había, claro que sí, muchas eran inocentes, en principio, no se extendían a todo ambiente, sino en entornos más lúdicos, sociales, de ambiente familiar, incluso. Muchos juegos las
sostenían pero en ciernes, nada que implicara derrotas, hecatombes. A lo más, perder unos cuantos porotos o habas. O, realizar alguna “prueba” un poquito sorprendente, inhabitual.
¿Recuerdan alguna apuesta perdida que les “obligó” a realizar alguna actividad “vergonzosa, deshonrosa”? Ese era el principio, fue el inicio en la mera infancia.
¿Cuándo asomó lo material, cuándo apareció el dinero en las apuestas? ¡Ah!, ojo, que no todo, no solo, en lo urbano está lo perverso, también en el ambiente rural, campesino, a modo de distención de lo laboral, aparecen las apuestas, eso sí de un modo más lúdico. Lo que en un inicio fue un desafío entre amigos en una jugada de rayuela, una carrera a caballo de fonda o el dominó de la tarde, fue mutando. Antes, el dinero en la apuesta campesina o urbana era un aderezo, un símbolo de honor o la excusa para pagar la jarra de vino, la empanada, o realizar un trabajo no comprometido antes. El compromiso se ajustaba tan solo porque había una cara, un apretón de manos, una palabra empeñada.
Hoy, en cambio, la apuesta se ha despersonalizado y democratizado en el peor de los sentidos. Ya no hace falta ir a la cancha, a la hípica ni a la fonda; el casino cabe en el bolsillo y vibra en el pantalón a cualquier hora del día. La sílaba “bet”, omnipresente en las camisetas de fútbol, en los anuncios comerciales reiterados y en las pantallas portátiles de silicio, convirtió el azar en una industria voraz y permanente.
Nos vendieron la ilusión de que apostar es democratizar el deporte o multiplicar la emoción, aunque en realidad han transformado el ocio en ansiedad monetizada. Pasar del poroto o las habas, teñidas o no, al algoritmo no ha sido un progreso, sino un repliegue de la convivencia humana hacia la soledad de una pantalla.
El sentido lúdico desapareció, el juego perdió su fin social, compartir, reírse de la penitencia, y se ha convertido en una transacción fría y solitaria.
Otra incidencia es el impacto en los jóvenes, quienes, mediando hartazgo publicitario, normalizan la ludopatía tempranamente.
Lo que en un inicio fue un desafío de honor entre conocidos, mutó en algo mucho más oscuro. Y lo verdaderamente grave no es solo que la apuesta se mudara al teléfono móvil de cada persona, sino cómo ha infectado la esencia misma del deporte.
En el tenis, el fútbol, el boxeo, el básquetbol y tantas otras disciplinas, el fantasma de los resultados arreglados dejó de ser una sospecha descabellada para convertirse en noticia recurrente.
¿Cómo confiar hoy en el penal tapado o no, en la falta dudosa en el último segundo o en el punto insólitamente cedido en un game decisivo? La sombra de la duda lo ensucia todo.
Lo alarmante es la falta de pudor. Las camisetas de los clubes más respetados lucen hoy sin vergüenza alguna los logos de estas casas de apuestas en el pecho, convirtiendo a los ídolos de niños y
jóvenes en letreros ambulantes del juego. Falta solo que los árbitros lleven el “bet” bordado en el silbato para completar la ironía. ¡Mal ahí! Cuando el árbitro de la ética deportiva cede ante el
patrocinador, lo que se pierde no es solo dinero: es la credibilidad del juego mismo.
El deporte solía ser un refugio de mérito, esfuerzo y sana competencia; hoy corre el riesgo de ser un mero decorado para que circulen los algoritmos de la suerte comprada o apostada. Si dejamos que la palabra “bet” tape por completo la palabra “juego”, no habrá copa ni campeonato que pueda devolvernos la inocencia perdida.
En fin, podría escribir algo más, pero solo serían sinsabores.
Entre decirlo y no decirlo, esta vez, decirlo.