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¿Por qué las abejas buscan refugio en las ciudades? Investigador PUCV explica este fenómeno

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Tras el mediático rescate de un panal en altura en la Región Metropolitana, un investigador del Centro Ceres de la PUCV analiza las causas de la apicultura urbana, los riesgos de la pérdida de hábitat natural y entrega tres claves para actuar ante su presencia.

“Encontrar abejas en el hogar no es una coincidencia ni un error de la naturaleza, sino la señal más clara de que la ciudad está chocando con el campo”, afirmó Francisco Carvallo, ingeniero agrónomo, asesor apícola y representante de la Unidad de Negocios e I+D del Centro Regional de Investigación e Innovación para la Sostenibilidad de la Agricultura y los Territorios Rurales (CERES) de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Esta afirmación la realizó luego del mediático rescate de un panal de abejas desde las bajadas de agua de un edificio residencial en la Región Metropolitana, un hecho que despertó gran interés público debido a las complejidades logísticas que implicaba operar en altura.

“Por un lado, en primavera las colmenas crecen tanto que necesitan dividirse y buscar nuevos hogares. Por otro lado, al pavimentar y destruir los bosques eliminamos los huecos en los árboles donde antes vivían. Sin ese refugio natural, a las abejas no les queda otra opción que adaptarse e instalarse en los techos y muros de nuestros edificios”, agregó.

Por otra parte, el investigador sostuvo que también hay personas que han comenzado a desarrollar apicultura urbana, una actividad que requiere especial cuidado al implementarse cerca de una alta densidad de población. El investigador señaló, además, que se “debe procurar respetar la legislación vigente y mantener una excelente comunicación entre vecinos, considerando que el periodo de reproducción de estos insectos ocurre normalmente entre los meses de agosto y diciembre”.

Para el especialista, las ciudades no se han vuelto atractivas para las abejas por un simple capricho, sino como una respuesta de supervivencia. “La urbe les ofrece ventajas que el campo ya no les asegura: parques y jardines con riego que mantienen flores y alimento cuando la tierra exterior está seca, un ambiente con muchos menos pesticidas que los cultivos masivos, y un clima más templado gracias al calor que retienen los edificios, ideal para cuidar de sus crías”, agregó.

Si bien existe el sesgo de vincular la importancia de la colmena exclusivamente a la producción de miel, el investigador del Centro Ceres enfatizó que este es un error común que invisibiliza su verdadero impacto. “Estos insectos son pilares fundamentales de nuestra seguridad alimentaria al polinizar los cultivos y frutales que aseguran la calidad de nuestros alimentos. Al mismo tiempo, sostienen economías locales mediante subproductos como la cera y el propóleo. Además, cumplen un rol clave en la biodiversidad urbana, permitiendo la regeneración de la flora en parques y plazas, siempre que mantengamos un equilibrio respetuoso con las especies nativas”, afirmó.

Protocolo de acción en el hogar

Si un comité de copropietarios constata la presencia de un panal en su edificio, o cualquier persona identifica una colmena en su vivienda, debe considerar al menos tres medidas que, a juicio de Carvallo, son significativas. La primera es acordonar el área y mantener la calma; para ello se sugiere delimitar un radio de 5 metros, restringiendo el paso de personas y mascotas, cerrando adicionalmente las ventanas próximas.

La segunda medida se puede definir como “Cero perturbación», que debe ser entendido como evitar aplicar insecticidas, no arrojar agua ni piedras, y no tapar los accesos (esto último las obliga a salir hacia el interior de la vivienda). Carvallo destacó como tercera medida la importancia de canalizar el aviso a través de Seguridad Ciudadana de los municipios, que algunos casos actúan como puente formal derivando el caso a las agrupaciones de apicultores capacitados vinculadas a las municipalidades para su rescate nocturno.

En esta línea, Carvallo destacó que el Centro Ceres de la PUCV cuenta con una vasta trayectoria de trabajo colaborativo con municipios de la Región de Valparaíso a través del rescate ético y la derivación de enjambres urbanos hacia apiarios rurales. Asimismo, han conformado dos Núcleos de Aprendizaje Participativo (NAPs) en Llay Llay y Olmué. Estos espacios de diálogo buscan acercar el conocimiento científico al saber campesino en jornadas de aprendizaje mutuo, con el fin de entregar herramientas prácticas que fomenten una convivencia ambiental segura e informada en las comunidades.

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