En Chile, millones de personas conviven con enfermedades crónicas como la fibromialgia y la migraña crónica. Ambas condiciones tienen un impacto significativo en la calidad de vida y también en el desempeño laboral, configurando un desafío relevante para los sistemas de salud y protección social.
El dolor crónico, en sus distintas formas, afecta a cerca del 32% de la población, es decir, a aproximadamente cinco millones de personas en el país. Así lo evidencia la “Propuesta de política pública para el manejo del Dolor Crónico Musculoesquelético en Chile”, elaborada por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica. Este fenómeno no solo deteriora la salud física y mental, sino que además implica un alto costo económico, superando los $600 mil millones anuales. Dentro de este grupo, la fibromialgia y la migraña crónica destacan por su frecuencia e impacto, especialmente en mujeres en edad laboral activa.
Son enfermedades reales, reconocidas por la ciencia, pero cuya principal dificultad radica en que no cuentan con marcadores objetivos claros. Su diagnóstico es clínico, basado en síntomas, lo que muchas veces genera incomprensión, cuestionamientos y barreras en el acceso a prestaciones. Se trata de condiciones de carácter multicausal, en las que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales, lo que dificulta atribuir una causa única o específica. Por ello, su abordaje se sitúa en el ámbito de la salud común y no en el de las enfermedades profesionales.
El desafío, entonces, no está en su clasificación, sino en cómo el sistema responde a su complejidad. En esa línea, la promulgación de la Ley 21.531 en 2023 representó un avance relevante, al reconocer la fibromialgia y los dolores crónicos no oncológicos como condiciones que pueden generar discapacidad y al establecer que las licencias médicas no pueden ser rechazadas por el solo diagnóstico.
La evidencia científica muestra que estas patologías inciden en la vida laboral. Factores como el estrés, la falta de apoyo organizacional o condiciones ambientales adversas pueden influir en la evolución de los síntomas o en la frecuencia de las crisis. Esto se traduce en ausentismo, presentismo y dificultades para sostener trayectorias laborales estables.
Las consecuencias de esta realidad son profundas. Muchas personas enfrentan obstáculos para adaptaciones en sus puestos de trabajo o evaluaciones de invalidez acordes a su condición. A ello se suman impactos económicos y un alto costo psicológico, marcado por la frustración, la ansiedad y la sensación de no ser creídos.
Avanzar requiere fortalecer el manejo del dolor crónico en la atención primaria, promover enfoques multidisciplinarios, mejorar los criterios de evaluación incorporando dimensiones funcionales y capacitar tanto a profesionales de la salud como a empleadores. La fibromialgia y la migraña crónica, por ejemplo, son condiciones frecuentes y discapacitantes que exigen una respuesta integral. Comprender su complejidad es clave para dejar atrás miradas simplificadoras y avanzar hacia un sistema más justo, basado en evidencia y centrado en las personas.