Hace 149 años -el 12 de mayo de 1877-, la sociedad chilena vio surgir el primer número de La Mujer, un periódico chileno tan breve en el tiempo como enorme en su significado histórico. Fundado por Lucrecia Undurraga, fue el primer texto de difusión pública dirigido y escrito por mujeres para mujeres en nuestro país.
Su creación no surgió por casualidad o como un hecho aislado. Sólo unos meses antes, se había promulgado el Decreto Amunátegui, aquella disposición que abrió las puertas de la universidad chilena a las mujeres.
La coincidencia no era menor. Mientras el decreto reconocía el derecho de las jóvenes a rendir exámenes universitarios para proseguir una carrera profesional y proyectar así su futuro de manera autónoma, el periódico La Mujer buscaba apoyar este avance con una aspiración aún más compleja: incorporar a las mujeres al debate intelectual y público de la nación, dándoles una voz que les permitiera hacerse cargo de sus intereses, sueños, luchas y destinos. No bastaba con poder estudiar; era necesario contar con múltiples espacios para pensar, escribir, discutir y participar de la construcción del país.
Lucrecia Undurraga, directora de este, entonces, polémico proyecto, comprendió tempranamente esa necesidad. Nacida en Illapel en 1841 y formada en los círculos culturales de Valparaíso, había colaborado en revistas donde defendía la educación femenina y cuestionaba la frivolidad de una élite que reservaba a las mujeres un papel ornamental. Su voz era directa y erudita. Citaba a los clásicos griegos, discutía sobre política y se atrevía a intervenir en asuntos considerados masculinos.
Con La Mujer, dio un paso audaz. Reunió a colaboradoras desde distintas ciudades de Chile, como Rosario Orrego en Valparaíso, Antonia Tarragó e Isabel Le Brun en Santiago, Enriqueta Courbis en San Felipe y Mercedes Cervelló en La Serena, todas reconocidas maestras e intelectuales de la época. Más que un simple periódico, construyeron una red intelectual femenina a escala nacional, algo inédito en el Chile decimonónico.
Las páginas de La Mujer abordaban literatura, historia, política, arte y educación. Allí defendieron la necesidad de mejorar la instrucción de las niñas, basándose en que las mujeres poseían las mismas capacidades intelectuales que los hombres y debían, por tanto, tener la posibilidad de desarrollarlas plenamente.
Aunque hubo quienes las acusaron de querer destruir la familia o renegar de su feminidad, ellas aclararon que su propósito no era enfrentar a hombres y mujeres, sino terminar con la subordinación intelectual femenina. Querían mujeres ilustradas, conscientes de sí mismas y protagonistas de su destino.
Aunque La Mujer alcanzó sólo 25 números, su legado trascendió su corta existencia. Fue una tribuna pionera en la irrupción de las mujeres en la vida pública chilena. A un año de que Chile conmemore los 150 años del Decreto Amunátegui, recordar la historia de La Mujer resulta imprescindible, porque la educación femenina no avanzó solo gracias a decretos y leyes, sino también a mujeres que se atrevieron a escribir, publicar y hacerse escuchar en una sociedad habituada a pensarlas en silencio.