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Invertir en infancia es sembrar futuro. Por Leonor Cerda Directora Escuela de Educación Parvularia Universidad de Las Américas

Cuando hablamos de inversión pública, solemos pensar en carreteras, tecnología o infraestructura visible. Sin embargo, existe una mucho más decisiva, silenciosa y profundamente transformadora que es «invertir en la primera infancia». Apostar por los primeros años de vida no es un gesto romántico ni filantrópico, es una decisión estratégica basada en evidencia sólida. Destinar recursos en infancia es, literalmente, sembrar futuro.

Uno de los estudios más contundentes que respalda esta afirmación es el longitudinal HighScope Perry Preschool, iniciado en la década del sesenta en Estados Unidos y seguido por más de cuarenta años. Esta investigación acompañó a niños y niñas de contextos vulnerables que participaron en un programa de educación parvularia de alta calidad, comparándolos con un grupo que no tuvo esa oportunidad.

Los resultados son elocuentes y difíciles de ignorar. Quienes asistieron al programa no solo tuvieron mejores resultados académicos en su trayectoria escolar, sino que también mostraron, en la adultez, mayores niveles de empleo, mejores ingresos, menor dependencia de la asistencia social y significativamente menos involucramiento en conductas delictivas. Más aún, desarrollaron habilidades socioemocionales clave: autonomía, autorregulación, capacidad de resolver problemas y de convivir con otros. Es decir, competencias para la vida.

El estudio HighScope demostró algo fundamental: cada dólar invertido en educación inicial retornó entre siete y diez dólares a la sociedad, principalmente por ahorros en salud, justicia y protección social. Pocas políticas públicas pueden mostrar un impacto tan consistente y sostenido en el tiempo. La conclusión es clara: no invertir temprano es, a la larga, mucho más caro.

Desde mi experiencia como directora de escuela, veo a diario cómo las oportunidades, o su ausencia, en los primeros años marcan trayectorias completas. La infancia no espera. El desarrollo cerebral ocurre a una velocidad irrepetible y las brechas que se instalan temprano tienden a profundizarse si no se interviene oportunamente. La educación inicial de calidad no «adelanta contenidos», sino que construye bases: seguridad emocional, curiosidad, lenguaje, pensamiento crítico y sentido de pertenencia.

Invertir en infancia no es solo una decisión educativa, es una apuesta ética y social. Es creer que todos los niños y niñas merecen un punto de partida justo. Es comprender que el futuro de un país se juega, en gran medida, en salas cuna y jardines infantiles. Tal como lo evidenció el HighScope, cuando sembramos bien desde el inicio, la sociedad entera cosecha por décadas.

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