Chile ha avanzado enormemente en el manejo agudo del Ataque Cerebrovascular (ACV). El «Código ACV» salva vidas a diario y ese progreso es innegable. Sin embargo, el éxito en la urgencia ha dejado al descubierto un desafío crítico y silencioso: qué pasa con el paciente una vez que es dado de alta.
Cuando una persona sobrevive a un ACV, la gran pregunta para la familia no es solo si logró salir del hospital, sino cómo volverá a vivir. Durante mucho tiempo hemos entendido la rehabilitación como un conjunto estándar de sesiones post-alta. Kinesiología, terapia ocupacional y fonoaudiología son vitales, pero hoy sabemos que fracasan si se entregan de manera rígida o fragmentada.
La normativa actual es un reflejo de este problema. Estamos enfrentando la recuperación del cerebro con reglas que ofrecen un paquete genérico de sesiones, asumiendo que todos los pacientes se recuperan al mismo ritmo. Cuando ese plazo arbitrario se acaba, al paciente se le declara un «estancamiento clínico», cerrándole la puerta a la familia en su momento de mayor vulnerabilidad.
Pero la neurociencia actual demuestra que la neuroplasticidad no tiene fecha de caducidad. Un cerebro lesionado no requiere un «pack estándar»; exige hiperpersonalización, intensidad y tecnología como multiplicador de fuerza.
La rehabilitación no puede limitarse a manuales genéricos. Cada paciente tiene un entorno y objetivos funcionales únicos. Por eso, en la práctica clínica moderna -como la que impulsamos en INDOMA trabajando junto a equipos médicos internacionales- el tratamiento no se adivina. Cada caso se somete a la evaluación de un comité clínico especializado. Son ellos, con evidencia en mano, quienes definen el plan multidisciplinario exacto que la persona necesita semana a semana, sumando herramientas como neuromodulación o seguimiento remoto cuando amerite.
Muchas veces, el mal llamado «estancamiento» no es más que falta de intensidad o de objetivos específicos. El modelo de atención estandarizado ya cumplió un ciclo. Necesitamos que el sistema de salud transite desde un enfoque que solo garantiza «sobrevivir» hacia uno que asegure la funcionalidad a largo plazo.
Sobrevivir a un ACV es un logro enorme, pero no debe ser el punto final de nuestra responsabilidad clínica. El sistema nos enseñó a salvar vidas; ahora tiene que actualizarse para enseñarnos cómo devolverlas.