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El verdadero cierre de una mina ocurre mucho antes del último día. Por María Paz Correa, Consultora en Estrategia Social, Comunidades y Territorios de WSP

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Cuando una operación minera cierra, la conversación suele centrarse en qué ocurrirá con las instalaciones, la infraestructura o el medio ambiente. Sin embargo, existe un tema igual de importante y que pocas veces ocupa el centro del debate: ¿qué ocurre con las personas, las comunidades y los territorios que construyeron parte de su desarrollo en torno a esa actividad?

Chile es un país minero. En distintas regiones, la minería ha generado empleo, oportunidades de emprendimiento, desarrollo económico e inversión social. Esa contribución ha sido fundamental para el crecimiento de numerosos territorios del país.

En ese sentido, con el tiempo, una operación minera puede convertirse en mucho más que una fuente de empleo. Puede impulsar el desarrollo de proveedores y emprendimientos locales, apoyar iniciativas comunitarias e influir en las oportunidades disponibles para las familias y organizaciones del territorio.

Y precisamente porque la minería puede llegar a desempeñar un papel tan relevante en algunos territorios, también debemos preguntarnos si estamos pensando con suficiente anticipación en el futuro de esas comunidades cuando la actividad minera ya no esté.

Por lo mismo, cuando una operación se acerca al cierre, sus efectos potenciales van mucho más allá de la infraestructura que deja atrás.

La resiliencia de un territorio no se construye cuando los desafíos aparecen tras el cierre de una operación, sino mucho antes. Prepararse no significa saber exactamente qué ocurrirá dentro de 20 o 30 años. Significa fortalecer capacidades locales, promover nuevas oportunidades económicas, generar alianzas entre actores públicos y privados y crear condiciones que permitan proyectar el desarrollo más allá de la actividad minera e invertir en condiciones que permitan a las futuras generaciones enfrentar escenarios distintos a los actuales.

Esto requiere pasar de una lógica reactiva a una lógica anticipatoria. Implica comprender los riesgos que enfrentan las comunidades, anticipar cómo podrían evolucionar en el tiempo e identificar acciones que permitan fortalecer capacidades locales, diversificar oportunidades y ampliar las alternativas de desarrollo disponibles para el territorio antes de que los cambios se materialicen.
Si esperamos a que el cierre esté próximo para iniciar esta conversación, probablemente llegaremos tarde.

En este contexto, diversos estándares internacionales han reforzado la importancia de esta mirada de largo plazo. En el marco de estándares como las guías de cierre del Consejo Internacional de Minería y Metales (ICMM ), y el estándar de Iniciativa para la Garantía de la Minería Responsable (IRMA ) existe un consenso creciente respecto de la importancia de abordar los procesos de cierre desde una perspectiva integral, que considere no sólo los aspectos técnicos y ambientales, sino también las implicancias sociales y económicas para las personas, comunidades y territorios vinculados a una operación minera.

Este enfoque, conocido como transición social, entiende el cierre como un proceso gradual y de largo plazo, orientado a preparar a las personas y los territorios para los cambios asociados al fin de una operación, fortaleciendo capacidades locales, reduciendo dependencias y ampliando oportunidades para el futuro.

Estos estándares destacan la relevancia de la planificación temprana, la participación efectiva de los distintos actores y la construcción de una visión compartida de largo plazo para fortalecer la resiliencia de las comunidades frente a escenarios de cambio.

Esto implica reconocer que el futuro de un territorio no depende exclusivamente de una compañía, de un gobierno o de una industria específica. Requiere coordinación, visión compartida y una mirada de largo plazo que permita ampliar las alternativas de desarrollo disponibles para las comunidades.

La minería seguirá siendo fundamental para Chile durante las próximas décadas. Precisamente por eso, y en un país cuyo desarrollo ha estado tan estrechamente ligado a esta industria, debemos atrevernos a mirar más allá del horizonte operativo de cada proyecto.

Porque el verdadero desafío del cierre no es cómo termina una operación minera. Es cómo garantizamos que las personas, las comunidades y los territorios tengan oportunidades para seguir construyendo su futuro cuando esa actividad ya no esté.

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