El mercado laboral chileno está mostrando una señal que merece más atención que la tasa de desempleo por sí sola. Los últimos datos del INE mostraron una caída de los asalariados formales, un aumento de la ocupación informal y una reducción de las horas efectivamente trabajadas. No estamos únicamente ante más desempleo. Estamos ante una recomposición de la ocupación en contra del trabajo asalariado formal, un fenómeno distinto y probablemente más difícil de revertir.
La inteligencia artificial ocupa un lugar cada vez más visible cuando hablamos del futuro del empleo. Sin embargo, algunos despidos recientes muestran que las transformaciones del trabajo no necesitan esperar la llegada de una máquina que reemplace directamente a una persona.
ENAP, por ejemplo, confirmó la desvinculación de 44 trabajadores después de registrar US$579 millones de utilidad durante el primer semestre. La explicación habló de optimizar recursos, simplificar procesos y gestionar costos. En CCU, cerca de 40 despidos se produjeron en medio de una reorganización que incluyó redistribución de funciones y una estrategia que declara entre sus pilares la agilidad y la transformación tecnológica.
Los casos son distintos y sería equivocado atribuir esas desvinculaciones directamente a la tecnología. Pero ambos permiten observar algo relevante: reducir personal ya no necesariamente aparece como una reacción de emergencia frente a una empresa en crisis. También puede formar parte de una estrategia permanente de reorganización, incluso cuando existen buenos resultados en parte del negocio.
Es precisamente ahí donde deberíamos ampliar la conversación sobre inteligencia artificial. Su impacto laboral no se limita a determinar cuántos puestos puede reemplazar. Los sistemas digitales permiten medir, comparar y evaluar continuamente tareas, productividad y dotaciones. Una organización que puede observar su funcionamiento de esa manera tampoco necesita esperar una crisis para reorganizarse. Puede hacerlo cuando identifica una nueva oportunidad de eficiencia.
El problema es que “eficiencia” nunca es una palabra neutral. Puede significar producir lo mismo con menos recursos, mejorar procesos o eliminar tareas innecesarias. Pero inmediatamente aparece otra pregunta: ¿quién recibe los beneficios de esa mayor productividad?
Hace años se advertía que la modernización de la empresa chilena podía convivir con tecnologías más sofisticadas, reducción de dotaciones, intensificación del trabajo y precarización. Hoy esa tensión adquiere nuevas herramientas y un nuevo lenguaje, pero la discusión de fondo permanece.
Lo que estamos viendo todavía no es una economía donde las máquinas hayan desplazado masivamente a los trabajadores. Es una donde rentabilidad, reestructuración y despidos pueden convivir sin aparente contradicción. Y quizás ese sea el debate que deberíamos tener antes de que la inteligencia artificial avance mucho más: no solamente cuánto trabajo podrá ahorrar, sino cómo vamos a repartir el valor que esa eficiencia produzca.