Durante años, la imagen de la explotación sexual sólo estuvo asociada a situaciones de calle o contextos extremos de vulnerabilidad. Hoy puede comenzar de una manera cercana pero mucho menos visible: una conversación en una red social, alguien que construye confianza progresivamente, petición e intercambio de fotografías, promesas de dinero o regalos, y/o una amenaza posterior para conseguir nuevo “contenido”.
Esta transformación genera un escenario preocupante. En Chile, la tasa de niños, niñas y adolescentes víctimas de explotación sexual aumentó un 73% entre 2022 y 2024, de acuerdo con datos del Observatorio de Derechos de la Defensoría de la Niñez. La cifra da cuenta de un fenómeno que crece mientras sus mecanismos de captación se diversifican y se vuelven más difíciles de detectar. Estamos frente a una respuesta institucional que no está logrando anticipar ni contener una amenaza creciente.
Los datos de la Defensoría de la Niñez también muestran dónde se concentra parte de esta vulneración. En el mismo período, la tasa de víctimas aumentó un 89% en los delitos de obtención y facilitación de la ESNNA y un 59% en aquellos vinculados a material abusivo. Solo durante 2024, los primeros registraron 858 víctimas y el 90% eran niñas y adolescentes mujeres y el 82% tenía entre 14 y 17 años.
Estas cifras cobran especial relevancia este 23 de septiembre, Día Internacional contra la Explotación Sexual y la Trata de Personas. El Instituto Interamericano del Niño, la Niña y Adolescentes de la OEA ha advertido que Internet es hoy uno de los escenarios que obliga a actualizar las respuestas frente a la explotación sexual de niños, niñas y adolescentes.
Si la captación encuentra nuevas vías, la prevención tiene que llegar antes por vías similares. Eso implica entregar herramientas para reconocer situaciones de manipulación e identificar señales de alerta, pero también construir relaciones de confianza que permitan pedir ayuda y contar lo que está ocurriendo sin miedo.
Esa protección requiere una red que acompañe a niños, niñas y adolescentes en los distintos espacios que habitan. Las familias cumplen un papel fundamental; los establecimientos educacionales necesitan herramientas para prevenir y detectar estas situaciones; las instituciones requieren mecanismos de denuncia y atención accesibles y oportunos; y las empresas tras las plataformas digitales deben asumir responsabilidades sobre las interacciones que ocurren en los espacios que administran.
Resulta insuficiente que las plataformas digitales se presenten como simples intermediarias. Obtienen beneficios económicos de espacios donde ocurren procesos de captación, manipulación y difusión de material abusivo. Esa realidad exige niveles mucho mayores de prevención, control y transparencia.
El Estado tiene la obligación de garantizar derechos, no simplemente reaccionar cuando éstos ya han sido vulnerados. La protección digital de niños, niñas y adolescentes debe convertirse en una prioridad nacional con recursos, especialización y coordinación efectiva.
Junto con fortalecer esa red, existe un cambio cultural igualmente necesario. Si un niño, niña o adolescente fue manipulado para enviar una imagen, aceptó una solicitud de un adulto o confió en alguien que después utilizó ese vínculo para amenazarlo, la responsabilidad recae en quien ejerció ese abuso de poder.
La reacción de los adultos puede marcar una diferencia decisiva. El temor de un niño o niña a ser juzgado, castigado o cuestionado puede profundizar el silencio. Encontrar a alguien que escuche, crea y proteja puede abrir, en cambio, la posibilidad de pedir ayuda.
La explotación sexual infantil no es un accidente inevitable de la era digital. Es una vulneración de derechos que ocurre porque adultos, instituciones y empresas no han avanzado al mismo ritmo que los riesgos. Mientras sigamos considerando este fenómeno como un problema de algunas familias y no como una responsabilidad colectiva, seguiremos llegando tarde.
Un aumento de 73% merece algo más que atención cada septiembre. Es una señal concreta para fortalecer la prevención y ampliar nuestra mirada sobre dónde y cómo están ocurriendo estos delitos.
Si la explotación sexual puede comenzar hoy con un mensaje o amenaza en un teléfono ningún niño debería estar solo, ninguna niña debería sentir que una fotografía la condena al silencio. Frente a la explotación sexual, el mensaje debe ser claro: te creemos, no es tu culpa y vamos a protegerte.