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Ciberseguridad, la brecha de talento que Chile no puede seguir pasando por alto. Por Luz María García, gerenta general de ACTI

El programa de reciclaje orgánico desarrollado en Concón, con financiamiento de Enap y la participación de establecimientos gastronómicos y hoteleros…

Una empresa puede invertir en las mejores herramientas de ciberseguridad y seguir siendo vulnerable si, frente a un ataque, sus trabajadores no reconocen las señales de alerta o sus directivos no saben qué decisiones tomar. Esta situación deja en evidencia que la inversión en tecnología debe ir acompañada del desarrollo de capacidades humanas, ya que la seguridad de una organización también depende de que sus equipos sepan reconocer amenazas y estén preparados para actuar oportunamente frente a un incidente.

Según cifras difundidas por la Agencia Nacional de Ciberseguridad en marzo de 2026, Chile necesita alrededor de 28 mil especialistas en esta área. Es una brecha relevante que exige fortalecer la formación técnica, ampliar las oportunidades de especialización y abrir caminos para incorporar profesionales de distintas disciplinas. Sin embargo, concentrar toda la respuesta en contratar expertos supone que la seguridad es responsabilidad exclusiva de los equipos de TI, cuando una amenaza puede comenzar con una acción cotidiana y afectar a toda la organización.

De acuerdo con el estudio Cybersecurity Workforce Study 2025 de ISC2, el 95% de los encuestados identificó al menos una necesidad de habilidades en sus equipos y el 59% reportó carencias significativas o críticas. El dato plantea una pregunta incómoda para empresas e instituciones. ¿Estamos preparando a las personas para los riesgos que efectivamente enfrentan o seguimos dando por cumplida la tarea una vez que compramos tecnología y realizamos una capacitación?

A nuestro juicio, la respuesta debe comenzar por reconocer que no todos necesitan convertirse en expertos, pero sí comprender cuál es su responsabilidad frente a un incidente. Un trabajador debe saber identificar y reportar un intento de fraude; quien gestiona información sensible debe conocer cómo protegerla; y un equipo directivo necesita evaluar oportunamente el impacto de un ataque sobre la operación, los clientes y la continuidad del negocio. Estas capacidades se adquieren mediante ejercicios prácticos, simulaciones y protocolos que se aprueban y actualizan, no con una charla aislada.

Por eso, también debemos cambiar la forma en que medimos la preparación de las organizaciones. Más allá de las herramientas instaladas o la cantidad de cursos impartidos, importa saber cuánto tardan los equipos en detectar una amenaza, a quién informan, cómo se coordinan y qué decisiones son capaces de tomar bajo presión. 

La tecnología es indispensable, pero una estrategia de ciberseguridad solo demuestra su valor cuando las personas pueden convertirla en una respuesta efectiva. Ahí está la brecha de talento que Chile no puede seguir pasando por alto.

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