En Chile hablamos mucho de innovación, crecimiento y desarrollo económico, pero hay una pregunta que todavía debemos hacernos con más fuerza, ¿estamos realmente integrando a las pymes al crecimiento del país o seguimos mirándolas solo como actores secundarios?
Hoy las pequeñas y medianas empresas representan el 98,3% de las compañías del país. Son más de 759 mil pymes activas y cerca de 2 millones de microemprendedores que sostienen la economía cotidiana de Chile. Sin embargo, pese a su enorme presencia, apenas concentran el 11,7% de las ventas totales del mercado nacional. Esa cifra refleja una realidad incómoda y es que las pymes siguen teniendo enormes dificultades para transformarse en proveedores competitivos y de clase mundial.
Cuando hablamos de “proveedores de clase mundial” no estamos hablando solamente de exportar o trabajar con grandes compañías internacionales, sino que también de estándares, confianza, cumplimiento, innovación, digitalización y capacidad de crecer en red.
Muchas veces escuchamos que las grandes empresas no encuentran proveedores preparados, pero también debemos preguntarnos cuánto hemos hecho como país para preparar a nuestras pymes para competir en igualdad de condiciones, porque el talento existe, pero que muchas veces lo que falta es acceso.
Acceso a financiamiento, capacitación, tecnología, certificaciones y oportunidades reales de vinculación comercial. Según cifras de Corfo y del Ministerio de Economía, más del 60% de las pymes en Chile declara tener dificultades para acceder a financiamiento para crecer o innovar. Y en materia de digitalización, todavía existe una brecha importante: miles de pequeñas empresas siguen operando con sistemas precarios o sin herramientas tecnológicas básicas.
Aquí iniciativas de aprendizaje y transferencia de buenas prácticas, como programas colaborativos entre grandes empresas, academia y ecosistemas emprendedores toman un rol clave, porque las pymes no necesitan solamente recursos económicos, sino que también necesitan aprender modelos de gestión modernos, procesos eficientes y herramientas para profesionalizarse.
La pandemia dejó una lección muy clara y es que solos avanzamos lento, pero colaborando avanzamos mucho más rápido. Durante esos años vimos cómo miles de emprendedores sobrevivieron gracias a redes de apoyo, alianzas locales y colaboración entre empresas. Ese espíritu no puede perderse ahora que la emergencia pasó.
Hoy el gran desafío es construir un ecosistema pyme más conectado y menos centralizado. Porque el talento no vive solo en Santiago. Las regiones están llenas de emprendedores innovadores, proveedores especializados y empresas con enorme potencial de crecimiento.
De hecho, los datos lo muestran. En regiones como Aysén, más del 54% de las compras públicas adjudicadas llegan a MiPymes, mientras en la Región Metropolitana apenas alcanzan el 25%. Eso demuestra que cuando existen oportunidades reales, las pymes responden.
En este sentido, la regionalización no es sólo una conversación política. También es una necesidad económica. Chile necesita mirar más allá de Santiago si quiere crecer de manera sostenible. Hay talento en Antofagasta, innovación en Biobío, capacidad logística en Valparaíso y emprendimientos extraordinarios en el sur del país que muchas veces quedan fuera de las grandes cadenas de valor simplemente por falta de visibilidad o acceso.
Las pymes sí pueden cumplir estándares internacionales, transformarse en proveedores estratégicos y competir globalmente, pero para eso necesitamos un compromiso país mucho más profundo, pero para eso necesitamos grandes empresas que se atrevan a abrir espacios,u Estado que reduzca barreras y agilice procesos y ás formación, más tecnología y más confianza en el talento local, porque cuando una pyme logra crecer y transformarse en un proveedor competitivo, no sólo mejora un negocio, sino que todo el ecosistema económico que la rodea.