La renuncia de un investigador de Anthropic podría despacharse como otra profecía apocalíptica sobre inteligencia artificial. Sería cómodo hacerlo.
Lo inquietante no es que un ingeniero advierta que una futura IA podría escapar al control humano. Es que quienes construyen estos sistemas reconocen que todavía no saben cómo garantizar que eso no ocurra y, pese a ello, continúan aumentando sus capacidades.
La explicación no es tecnológica, sino bastante humana. Ninguna empresa quiere frenar mientras su competidor acelera. Y ningún país parece dispuesto a hacerlo mientras otro pueda obtener una ventaja. Hemos construido así una curiosa racionalidad: todos pueden comprender el riesgo y, al mismo tiempo, tener buenos motivos para seguir aumentándolo.
Quizás la pregunta importante ya no sea cuándo alcanzaremos una inteligencia superior a la nuestra. Es bastante más sencilla: Si quienes mejor entienden esta tecnología dicen que todavía no saben cómo controlarla, ¿por qué hemos decidido que la velocidad debe imponerse a la prudencia?
En la carrera por la inteligencia artificial hay algo que parece estar quedando definitivamente atrás: nuestra capacidad de detenernos.