Durante décadas hemos asociado la pérdida auditiva laboral a una imagen conocida: fábricas estruendosas, maquinaria pesada, taladros o faenas donde hablar exige levantar la voz. Esa mirada, aunque correcta, puede estar dejando fuera un riesgo mucho menos visible: también es posible perder audición trabajando en ambientes donde el ruido no parece ser un problema.
Determinadas sustancias químicas pueden dañar directamente el oído interno y la vía nerviosa auditiva. Son los llamados agentes ototóxicos. Algunos solventes utilizados en pinturas, adhesivos, imprentas o procesos industriales; ciertos metales, plaguicidas, combustibles y gases como el monóxido de carbono pueden afectar las estructuras responsables de transformar el sonido en impulsos nerviosos.
Este punto obliga a ampliar una conversación que en salud laboral continúa demasiado centrada en los decibeles. Un pintor, un trabajador de imprenta, alguien que manipula baterías, participa en procesos de soldadura, trabaja en minería, fundiciones o está expuesto a agroquímicos puede enfrentar sustancias capaces de afectar su audición, incluso sin desempeñarse en un ambiente particularmente ruidoso.
El problema se vuelve aún más relevante cuando ruido y sustancias ototóxicas están presentes simultáneamente. Sus efectos pueden potenciarse, abriendo una pregunta importante para la prevención: ¿qué ocurre cuando cada exposición, considerada por separado, se encuentra dentro de parámetros aceptables, pero su combinación aumenta el riesgo para la salud?
La prevención laboral tradicional suele evaluar los agentes de manera individual. Sin embargo, el organismo no recibe los riesgos uno por uno ni funciona por compartimentos. Durante una misma jornada una persona puede estar expuesta simultáneamente a ruido, sustancias químicas, altas temperaturas, exigencia física y otros factores que interactúan entre sí.
Existe además otro punto que merece atención: una audiometría convencional normal no necesariamente descarta un daño temprano asociado a sustancias ototóxicas. Algunas alteraciones pueden comenzar en frecuencias que los controles habituales no siempre exploran, lo que plantea un desafío para la vigilancia de trabajadores expuestos.
Esto obliga también a revisar cómo entendemos la prevención. No basta con entregar protectores auditivos o reducir el ruido ambiental si existen agentes capaces de producir daño por otras vías. Identificar las sustancias presentes en cada puesto de trabajo, reconocer exposiciones combinadas y fortalecer la vigilancia de la salud permitiría anticiparse a un deterioro que muchas veces se detecta cuando ya resulta irreversible.
El desafío, entonces, no es abandonar lo que sabemos sobre ruido laboral, sino sumar una mirada más amplia sobre los riesgos que pueden afectar la audición.
La pérdida auditiva laboral no siempre llega acompañada de ruido. A veces avanza de manera silenciosa, entre solventes, metales o sustancias químicas que forman parte de una jornada cotidiana. Por eso, el desafío ya no es solo bajar los decibeles: es dejar de pensar que, referente a la salud auditiva, si no hay ruido, no hay riesgo.