Quedarse sin trabajo no solo implica dejar de recibir un sueldo, sino también abandonar rutinas, vínculos y proyectos, además de ver afectada una parte importante de la propia identidad. En este proceso pueden aparecer sentimientos de tristeza, rabia, desesperanza, vergüenza y culpa, entre otras emociones.
Un desafío importante es no confundir la situación laboral con la propia identidad. Cuando nos preguntamos ¿quién soy?, podemos asociar rápidamente la respuesta a nuestra profesión: “soy profesora”, “soy jardinero”. Esto puede generar un malestar intenso cuando dejamos de cumplir ese rol, lo que muchas veces provoca una sensación de vacío.
Por ello, es fundamental reconocer que quedarse sin empleo no es sinónimo de perder las capacidades ni los aprendizajes adquiridos.
La recuperación emocional implica comprender que la cesantía es un estado transitorio. Si bien es necesario vivir el duelo que implica la pérdida, llegará un momento en que se podrá recuperar la motivación para buscar nuevas oportunidades laborales. Este proceso requiere perseverancia y tolerancia a la frustración. Es importante no interpretar cada rechazo como un fracaso, pues el proceso de selección para un trabajo, no depende exclusivamente de nuestras capacidades, sino también de múltiples variables, como el perfil del cargo al que postulamos.
Asimismo, es importante activar la red de contactos, sin sentir vergüenza. Comunicar al entorno que se está buscando una nueva oportunidad laboral, permite conocer ofertas que ni siquiera han sido publicadas, lo que, sin duda, constituye un buen comienzo.
Negar el dolor de quien pierde su empleo no es una solución. Es necesario comprender y validar las emociones, así como brindar acompañamiento en esta nueva etapa de búsqueda profesional.