Cuando hablamos de humedales, la primera imagen que aparece es la de un lugar de alto valor ecológico, refugio de aves, distintas especies y vegetación; y lo son, pero quedarse sólo con esa mirada es insuficiente. Los humedales cumplen funciones que tienen un impacto directo en nuestras ciudades, en nuestras actividades económicas y en nuestra capacidad para enfrentar un escenario climático que nos exige mayor resiliencia.
En muchos casos, estos ecosistemas funcionan como una infraestructura natural en la que absorben y almacenan agua, ayudan a disminuir los efectos de inundaciones, contribuyen a la regulación hídrica, capturan carbono y generan condiciones para la existencia de distintas actividades productivas y turísticas. Y, por si fuera poco, no requieren grandes intervenciones humanas para cumplir estas funciones, porque la naturaleza ya hace parte de ese trabajo. El problema es que, cuando degradamos estos espacios, perdemos también esa capacidad.
La discusión sobre humedales no debiera reducirse a tan sólo hablar de cuánto territorio protegemos o cuántas especies logramos conservar, es importante incluir en esta conversación que cuando un humedal desaparece o se deteriora, se afecta la resiliencia natural; porque nos vemos expuestos a mayores inundaciones, pérdida de servicios ambientales, deterioro del paisaje, menor disponibilidad de agua o impactos sobre actividades que dependen de esos entornos. El costo no es solamente ambiental, también es económico y social.
Esta realidad obliga a cambiar la forma en que tomamos decisiones, necesitamos información ambiental que permita conocer qué está ocurriendo con estos ecosistemas, identificar cambios a tiempo y entender cómo se relacionan con los territorios que los rodean. Sin datos, la gestión termina siendo reactiva; con información, podemos anticiparnos.
Esta es una tarea que involucra a todos, el Estado, los municipios y las empresas tienen responsabilidades distintas, pero complementarias. Planificar considerando la existencia y el funcionamiento de estos ecosistemas, incorporar información ambiental en los proyectos y mantener una gestión permanente son pasos que permiten compatibilizar desarrollo y protección.
Porque proteger los humedales no significa ponerle freno al desarrollo, es entender que hay condiciones naturales que hacen posible que ese desarrollo pueda sostenerse en el tiempo. En un país como el nuestro, expuesto a sequías, inundaciones y otros eventos climáticos extremos, seguir perdiendo estos espacios tiene un costo que no siempre vemos de inmediato, pero que tarde o temprano terminamos pagando.
Los humedales no son terrenos vacíos esperando un nuevo uso, son sistemas vivos, esenciales y que forman parte de nuestra capacidad para adaptarnos a lo que viene. Reconocerlos como infraestructura natural es necesario, porque son una inversión en la resiliencia del país.