Chile tiene una ventaja que muchos destinos quisieran tener: una geografía extraordinaria, diversidad territorial, naturaleza, cultura y experiencias muy distintas concentradas en un solo país. Pero contar con buenos atractivos no garantiza, por sí solo, que los turistas nos elijan.
Durante los últimos años hemos avanzado. En 2025, Chile recibió más de seis millones de turistas extranjeros, alcanzando su mejor resultado desde 2017. Detrás de esas cifras existe un esfuerzo sostenido de promoción internacional, participación en ferias, posicionamiento de experiencias vinculadas a naturaleza y aventura, fortalecimiento de destinos y una creciente coordinación entre el sector público y privado.
Ese trabajo ha permitido volver a poner a Chile en el mapa turístico internacional. El desafío ahora es dar el siguiente paso: transformar esa visibilidad en reputación.
La reputación de un destino comienza mucho antes del viaje. Se construye cuando una persona busca Chile en internet, compara precios, conectividad y experiencias. Continúa cuando llega al aeropuerto, utiliza el transporte, se aloja, visita un restaurante o contrata una excursión. Y permanece después de regresar a casa, cuando recomienda el país, publica una fotografía o evalúa un servicio.
Por eso, no basta con seguir mostrando Torres del Paine, San Pedro de Atacama, Rapa Nui o la Patagonia. Chile necesita ampliar su relato turístico. Tenemos gastronomía, vinos, ciudades, patrimonio, turismo rural, pueblos originarios, montaña y costa. Incorporar esos atributos permitiría ofrecer más razones para venir, recorrer otros territorios y permanecer durante más tiempo.
También debemos hacernos cargo de aquello que una campaña publicitaria no puede solucionar. La conectividad aérea, infraestructura, seguridad, señalización, calidad de los servicios y formalización de los prestadores influyen directamente en la experiencia. Podemos atraer a un turista con una buena imagen, pero será lo que encuentre en Chile lo que determine si nos recomienda o quiere volver.
La tecnología abre una oportunidad adicional. La inteligencia artificial, la analítica de datos y las herramientas digitales pueden ayudarnos a conocer mejor quién nos visita, qué busca, cuánto permanece, cuánto gasta y cómo evalúa su experiencia. Pero esta transformación también debe alcanzar al pequeño alojamiento, al guía local y al emprendimiento de turismo rural. De lo contrario, estaremos digitalizando el turismo sin aprovechar su capacidad para distribuir oportunidades.
Chile ya tiene aquello más difícil de construir: un territorio capaz de despertar interés internacional. Ahora necesita convertirlo en una experiencia consistente.
El éxito, entonces, no debería medirse solamente por cuántos turistas logramos atraer, sino también por cuántos encuentran razones para quedarse más tiempo, conocer más lugares, recomendar Chile y regresar. Ahí se juega la reputación turística que necesitamos construir.